Opinión

Roman Polanski, protagonista inesperado de su última película

Alicia Huerta | Miércoles 30 de septiembre de 2009
Si las casualidades no existen, resulta todavía más sorprendente que la misma semana en que fallecía en prisión Susan Atkins, la cruel asesina confesa de Sharon Tate, esposa de Polanski, una lejana noche sangrienta de 1969, la policía suiza haya detenido al director de cine franco polaco, después de más de tres décadas huyendo de la justicia norteamericana. Pero es que, en realidad, toda la vida del genial, a la vez que controvertido director, es digna de ser contada con todos sus detalles, igual que otras historias que él mismo transformó en míticos títulos del cine como La semilla del diablo, Tess, Chinatown o El Pianista.

Hay vidas que parecen llevar de fábrica la marca de la tragedia que, con un ritmo sorprendente, vuelve cada cierto tiempo a trepar por los muros de la existencia, por muy altos y seguros que se crean haber construido. Roman Polanski, nacido en Francia de padres polacos, tuvo primero que vérselas con el exterminio de la Segunda Guerra Mundial y sus campos de concentración. Su madre murió en uno de ellos y su padre estuvo desaparecido durante dos años. Pero, volcado en el cine desde muy joven, Polanski parecía haber conjurado el destino de simple superviviente y en 1967 dio el gran salto a Estados Unidos, donde pronto conoció a su primera esposa y cosechó un gran éxito con la asfixiante película protagonizada por una jovencísima Mia Farrow.

Con el sueño americano llenando sus bolsillos, se casó con Sharon Tate y se compró la lujosa mansión del 10050 de Ocean Drive en Los Ángeles, un marco ideal en el que muy pronto todo estuvo a punto para empezar a hacer aún más poderosos los muros de la seguridad con el nacimiento de su primer hijo. Faltaba sólo un mes para el feliz acontecimiento, cuando Polanski tuvo que volver corriendo de Londres, ciudad en la que estaba rodando, para enfrentarse con la matanza que un grupo de asesinos iluminados, con Charles Manson al frente, había perpetrado en el interior de la magnífica vivienda y que se llevó por delante, entre otras vidas, la de su joven esposa. Un suceso que, aún hoy, sigue levantando toda clase de rumores y especulaciones para tratar de entender lo incomprensible.

Pero hay un hecho que, aunque parezca imposible, iba a marcar, aún más que el anterior, el recorrido de su vida. En 1977, Samantha Geimer, una modelo de 13 años, le acusó de haberla violado durante una sesión fotográfica en la que las drogas se disparaban con más rapidez que los flashes. Polanski se declaró culpable de haber mantenido relaciones ilícitas con una menor, aunque siempre aseguró que las mismas fueron consentidas. Sin embargo, en Estados Unidos la ley no da validez al consentimiento otorgado por una menor de edad a la hora de mantener relaciones sexuales, un límite de edad ciertamente elevado en comparación con otros países como, por ejemplo España, que establece la edad del consentimiento a los 13 años. Lo cierto es muy claro no lo debía ver Polanski, porque cuando salió en libertad bajo fianza, dejó Estados Unidos para siempre y se refugió en Francia, país que puede negarse a la extradición cuando la misma se refiere a un ciudadano de su nacionalidad y Polanski lo es. Desde entonces, había evitado cuidadosamente los países que, como Gran Bretaña, sí podían extraditarle, pero precisamente en Suiza, no se debía sentir en peligro ya que hace años que compró una casa en Gstaad, en la que pasaba algunas temporadas. Por eso, su detención en Zurich nada más bajarse del avión para recoger un galardón en el festival de cine de la ciudad, ha causado tanta extrañeza. ¿Por qué ahora? ¿Qué es lo que ha cambiado para las autoridades helvéticas?

Mientras tanto, compañeros de profesión entre los que se encuentran Woody Allen, Martin Scorsese o David Lynch, ya le han mostrado públicamente su apoyo y los ministros de exteriores de Francia y Polonia se han dirigido a Hillary Clinton para mediar por la suerte del septuagenario director. Se habla incluso de pedir a Obama el indulto para Polanski, y la propia victima, que hoy tiene 43 años, está casada y es madre de tres hijos, en 2003 ya pidió a la justicia norteamericana que dejara de perseguirle. Han pasado 32 años desde que ocurrieron los hechos, pero ni en Estados Unidos ni en Suiza prescriben los delitos de abusos sexuales hacia menores. Sin duda, la mejor manera de luchar de verdad contra la lacra de la pederastia.

Y hasta que se vea el desenlace de este nuevo y escabroso capítulo de la vida de Polanski, los cines también tendrán que esperar para proyectar su última película, The Ghost, rodada en febrero en el norte de Alemania y Dinamarca, con Pierce Brosnan y Ewan McGregor como protagonistas.

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