Norberto Alcover | Jueves 01 de octubre de 2009
Pongamos que el Plan Bolonia es una maravilla. Y añadamos que el criterio de empleabilidad es el más oportuno para una sociedad pragmática como la nuestra. De tal manera que la nueva educación universitaria consista en informa y formar a los alumnos y alumnas sobre sus respectivas materias, hasta saciar las expectativas que la sociedad de consumo ha manifestado como prioritarias. Nada de educación integral. Nada de formación humanística. Nada de suscitar la sospecha alguna sobre la sociedad en que están llamados a vivir. Nada de todo esto. Porque el objetivo será prepararlos para desarrollar un trabajo específico como buenas máquinas. Las mejores universidades, así enfatizado el Plan Bolonia, que es una maravilla, será aquella que forme mejores máquinas para el empleo predeterminado por la sociedad, es decir, por el poder empresarial. Y punto.
¿Qué relevancia tendrá para tales personas el hecho religioso en cuanto tal? Desde los parámetros universitarios de Bolonia, ninguna: si las Humanidades pintan poca cosa, adiós a Ulises, a Petrarca, a Kafka, a Picasso, a Martín Santos, pero también a esas Nuevas Humanidades que son los medios de comunicación social, Renoir y Truffaut, Willer y Coppola, Fellini y De Sica, y tantos otros. Sin estos referentes humanísticos, ¿cómo platear siquiera la realidad del misterio, toda vez que habremos cegado las puertas a la sensibilidad? Algunos dirán que se trata de un problemilla sin importancia. Tal vez, para quien escribe estas líneas, por el contrario, es una aporía humana de tantísima categoría que merecería una reflexión mucho más profunda y honrada.
No sea que comencemos por cegar los conductos hasta el misterio religioso, que son las Humanidades, y acabemos por cegar los mismos conductos que permiten la mera existencia de lo humano. Más tarde, como siempre, nuestros lamentos serán inútiles. Hay que ver.
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