Opinión

China dura

Viernes 02 de octubre de 2009
Las calles de Pekín eran escenario ayer de una de las puestas en escena más espectaculares que se recuerdan. El motivo, la celebración del 60 aniversario de la República Popular China, evento en el que el gobierno presidido por Hu Jintao mostró su enrome potencial al mundo entero. Con un estilo que recordaba mucho a las paradas militares del 1º de Mayo en Moscú, la capital china fue el lugar por donde desfilaron más de 180.000 personas y en donde se vio lo más granado del tremendo potencial del Ejército Popular de Liberación. Todo bajo control, aunque hay quien ha querido ver en los reiterados llamamientos de las autoridades para que la gente no saliese de sus casas y viese las celebraciones por televisión una cierta inquietud ante posibles manifestaciones públicas de protesta.

A día de hoy, es complicado que vuelvan a repetirse los acontecimientos de la plaza de Tiananmen en 1989, donde las autoridades aplastaron ferozmente una revuelta estudiantil que reclamaba más libertades. En este sentido, destacan las palabras de Hu Jintao afirmando que el futuro de China depende de “la apertura y las reformas”, utilizando un tono conciliador impensable hace años. Con todo, no hay que hacerse ilusiones con que China se convierta en una democracia al uso de la noche a la mañana. El enorme potencial del gigante asiático y, sobre todo, la apertura económica, puede ser el catalizador que lleve a una senda de mayor aperturismo: el mercado es una forma de democracia económica y cuando las personas deciden y controlan su economía terminan por hacer valer sus derechos. Las autoridades chinas se han dado cuenta de que no se puede sostener a más de mil millones de personas con recetas de un comunismo trasnochado y caduco. Y al convertirse en la fábrica del mundo, saben que Occidente seguirá mirando hacia otro lado en lo que a derechos humanos se refiere, cuando hay tanto dinero en juego. Pero China, conviene recordarlo, sigue siendo una dictadura totalitaria donde no hay apenas libertades. Le salva su poderío, junto con el fariseísmo de gran parte de la opinión pública, que no se cansa de denunciar los excesos de países occidentales pero que calla ante uno de los países donde más se violan los derechos humanos.

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