José María Herrera | Sábado 03 de octubre de 2009
El tema de la educación vuelve a estar de actualidad. La sociedad española tiene conciencia de que las cosas no van bien y exige un pacto de Estado que libere el sistema educativo de los embrollos de la política. Está por ver que el problema sea estrictamente político, pero lo cierto es que lo vivimos como si lo fuera, quizá porque no se termina de entender qué pasa.
A la vista tenemos dos cosas: un empeoramiento general del nivel académico y un deterioro notable del clima escolar. Ambas cosas son ciertas, pero la primera mucho menos que la segunda.
Un buen alumno de bachillerato aprende actualmente tantas cosas como las que aprendía un buen alumno de bachillerato hace treinta años, pero no aprende las mismas y eso produce la impresión de que su saber es deficiente. Aquellos que estudiaron varios años de latín se asombran de que el joven de hoy apenas sepa nada del mundo romano, pero se trata exactamente de lo mismo que podría pensar el estudiante actual al ver que sus padres, viejos bachilleres, no chapurrean una palabra de inglés o de francés, idiomas que quizás él maneje con soltura. Hoy se da más importancia a unas cosas, ayer a otras. Podemos discutir cuáles de esas cosas son las verdaderamente importantes, pero lo que no vale es promover primero una reforma del sistema educativo –ampliamente apoyada en las cortes- y, luego, evaluar sus resultados con los criterios del viejo.
Que la reforma se haya hecho mal no significa que lo que había (incluyo aquí el bachillerato y el BUP) fuera tan bueno como se dice. Muchos hablan con entusiasmo de la excelente formación que recibieron en su juventud, pero: ¿en qué se basan para decir esto? A la vista está que los miembros de aquellas generaciones son malos lectores, se expresan con dificultad, desconocen las lenguas extranjeras (y si no es así fue porque las aprendieron luego por su cuenta), profesan los más vergonzosos tópicos científicos e históricos y tienen lagunas oceánicas en casi todas las materias. No digo que las cosas hayan evolucionado positivamente, pero difícilmente me convencerán de que lo mejor está a nuestra espalda.
He hablado hasta ahora sólo de buenos alumnos, gente que acaba el bachillerato. Las estadísticas actuales engloban también a los malos, una legión que ni siquiera llega a cursarlo, aunque pase cuatro años en un instituto. Todas las pruebas de evaluación del sistema se hacen con chicos de secundaria, nivel de enseñanza inexistente en el pasado. Aquí es donde están los problemas. No discuto la pertinencia de escolarizar a la gente hasta los dieciséis años, pero creo que fue un verdadero error llevarlos a los centros de bachillerato, lugares concebidos no para crear buenos ciudadanos –meta de la escuela-, sino para alcanzar una visión global del conocimiento, que es otra cosa. Antes, el chico de catorce años que no deseaba seguir estudiando podía cursar estudios profesionales. Con la ampliación de la enseñanza obligatoria hasta los dieciséis esa decisión se aplaza por imperativo legal, quizá porque se piensa que los muchachos no están maduros. Y es verdad, no lo están, aunque ello no impide que tomen decisiones. Montones de chicos permanecen en los institutos obligados por el sistema a recibir una instrucción que no les interesa y cuya utilidad se les escapa. Su situación recuerda a la de los reclutas en la mili. Y como la consecuencia de hacer cosas sin sentido es la frustración y esta es la causa principal de la agresividad, las aulas se han vuelto un avispero. Yerran quienes creen que el problema es la pérdida de autoridad de los profesores. Quien ha perdido autoridad es el sistema, y la ha perdido por lo que en otro artículo llamé “ensañamiento pedagógico” Bastaba con permanecer en el colegio hasta los catorce años. Dieciséis son demasiados salvo que se pretenda adquirir una destreza profesional o una visión global del conocimiento. Enredar, como pretenden los pedagogos, con garambainas morales y destrezas ciudadanas, es ganas de perder el tiempo.
En vez de crear centros específicos para secundaria, que hubiera sido lo sensato, en España ampliamos la enseñanza elemental a costa del bachillerato y de la enseñanza profesional. El derecho de todos a la educación fue comprendido como derecho de todos a recibir la misma educación, un error gravísimo porque los intereses vitales de los seres humanos nunca son los mismos. Muchos jóvenes no tienen condiciones para estudiar y otros sencillamente no desean hacerlo. Estos chicos quizá estarían dispuestos a aprender un oficio, algo que les fuera útil para ganarse la vida, pero no entienden qué hacen en un instituto hablando de reyes y polinomios. No lo entienden ellos, ni tampoco la sociedad, pues esta, a pesar de su preocupación por la educación, no se caracteriza precisamente por apreciar la formación humanística o científica. Fruto de esta situación es el aumento de la conflictividad en las aulas y el fracaso escolar, fracaso que, conviene decirlo, no es tanto de los alumnos como del sistema, empeñado en que todos, sin excepción, recorran el mismo camino.
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