Viernes 09 de octubre de 2009
Irak es uno de los argumentos favoritos de la izquierda española a la hora intentar erosionar la figura de José María Aznar. Suelen acusar al entonces presidente del Gobierno de meter a España en una guerra cruenta, teniendo que venir posteriormente José Luis Rodríguez Zapatero a desfacer entuertos y retirar a toda prisa las tropas del país asiático. Con todo, en aquella “guerra” no murió un solo soldado español, a diferencia de la “misión de paz” en Afganistán, donde ya van unos cuantos. El último de ellos, el cabo Cristo Ancor Cabello, perdió la vida al explotar una mina anticarro cuando iba a bordo de un vetusto BMR. Las declaraciones de sus familiares, rotos por el dolor, reflejan sin embargo un sentimiento diferente al de la pena: el del engaño.
Y es que la imagen que el Gobierno español pretende vender de las misiones en el extranjero está a caballo entre una parada militar y un campamento de boy scouts, cuando la realidad es bien diferente. Pese a que la palabra no guste a Carmen Chacón, en Afganistán hay una guerra, que se libra contra un feroz enemigo. Un enemigo, dicho sea de paso, que conoce a la perfección el terreno y que está muy bien equipado. Sí, es verdad que los soldados españoles han ayudado a levantar escuelas y hospitales de campaña, y que su participación en el último proceso electoral afgano fue determinante. Pero están allí porque hay una guerra y, en las guerras, mueren soldados. Los gobiernos que han enviado tropas a Afganistán lamentan profundamente cada una de las pérdidas que se producen, pero no insultan la inteligencia de sus nacionales hablándoles de “misiones de paz” y demás monsergas. El ejército está para lo que esta y, desgraciadamente, a veces se producen tragedias como la muerte del cabo Cristo Ancor. Nada podrá aliviar la enorme pena de sus familiares, pero sí se les podía haber ahorrado la desazón de un panorama que no es tan color de rosa como lo pintan Chacón y sus allegados. Y de eso sí es responsable la ministra.