RESEÑA
Viernes 09 de octubre de 2009
Por Fernando Leblic
Leonard Mlodinow, físico y matemático estadounidense, hijo de padres judíos supervivientes del Holocausto, hizo un paréntesis...
Leonard Mlodinow, físico y matemático estadounidense, hijo de padres judíos supervivientes del Holocausto, hizo un paréntesis a mediados de su segundo año de universidad (1973) para poner rumbo hacia un kibbutz en Jerusalén, y ayudar de este modo ante la situación causada por la Guerra del Ramadán. Fue allí donde empezó a fascinarse por la física, al leer el único libro en inglés que había en la biblioteca: Lecciones de física, de Richard Feynman, premio Nobel en 1965, el cual “…hacía que la física sonara maravillosa y mágica”. En otoño de 1981, Mlodinow se doctoró en Física en Berkeley, publicando a continuación varios artículos que le valieron para aceptar, algo intimidado, un puesto como miembro del claustro del prestigioso instituto tecnológico Caltech, el hogar de su héroe Feynman; donde se le asignó, incluso, un despacho junto a él.
El arco iris de Feynman es un relato agradecido de Mlodinow a Feynman por sus muchas lecciones de vida a lo largo de los meses que coincidieron en Caltech, describiendo su relación con ese “Einstein de los tiempos modernos” que “podía tener un cáncer terminal pero su espíritu seguía zigzagueando por el Universo”. Desde el momento de estrechar la mano de Feynman por vez primera, el joven, inexperto y acomplejado Mlodinow ya iba tomando notas para este libro; sobre todo, resaltando la importancia de la imaginación, la persistencia, la despreocupación, la alegría y la creencia en uno mismo con la que Feyman vivía y se enfrentaba a sus problemas. En sus páginas, se transcriben partes de algunas conversaciones grabadas por el autor que reflejan a un cercano, divertido y modesto premio Nobel, que no se consideraba superior a los demás y describía a los científicos como “detectives que buscaban descubrir los misterios del mundo”, o como “deportistas del cerebro”.
Esa “fuerza fuerte” que investigó Feynman, era la misma que le impulsaba a querer seguir viviendo, a apoyar al principiante, a disfrutar de la vida tomándola como un juego, y asimismo a practicar otra de sus aficiones: tocar los bongos. El libro, que refleja una historia real, está lejos de ser exclusivamente técnico, y es producto del corazón que refleja la filosofía de vida de un gran y admirado científico que, además del éxito, consiguió el cariño de sus colegas por su fascinante personalidad.
Por Fernando Leblic
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