Manuel Cobo del Rosal | Viernes 09 de octubre de 2009
Se ha organizado una gran escandalera, valga la expresión, mediática y policial en torno a los incidentes que se han producido con ocasión de las fiestas de Pozuelo de Alarcón. Los analistas de tamaño suceso no han estado, con todos mis respetos, muy profundos y acertados en sus reflexiones acerca de las causas próximas o remotas de tan censurable incidente incluso ha existido, según dicen, un intento de movilización durante el fin de semana para reiterar la violenta algarada con elemental estrategia. Las Fuerzas de Seguridad del Estado y la Policía Municipal adoptaron las prevenciones correspondientes con una presencia nutrida por demás, y por fortuna el hecho es que no se ha repetido otra noche tan violenta ni tan poco intento alguno de asalto a una comisaría de policía.
Hace ya más de 20 años que me he venido ocupando, con cierta asiduidad, de palabra y por escrito, del peligroso fenómeno de la violencia, sobretodo, juvenil y de sus posibles y genéricas causas. Pero, ahora, llevo a cabo una singular consideración sobre unos incidentes concretos, muy concretos lamentablemente, cuyo dato más relevante y significativo ha sido la agresión múltiple e indiscriminada contra los miembros de la policía Nacional y/o Municipal. A mi juicio, no es suficiente con la teoría explicativa, valga la expresión, del botellón como concreción de la ingestión masiva y colectiva de alcohol. Porque detrás del botellón ¿Qué es lo que hay?.
Está claro que nuestra juventud desarraigada o no, como eran los llamados “hijos de papá” que, masivamente participaron en el agresivo tumulto, no tiene un grado de idiocia como el que se le atribuye por algunos analizadores del tema. El botellón por el botellón comporta un serio simplismo y una superficialidad grave para constituirse en la génesis y desarrollo del proceso colectivo de violencia en las fiestas de una muy acomodada localidad madrileña. Detrás del botellón hay muchas más cosas. La juventud, que no lee demasiado pero si ve y escucha los medios audiovisuales, está al cabo de la calle sobre la triste y deprimente realidad sociológica y político-económica que vive actualmente nuestra patria, ya no son solo la quema de la bandera nacional española ni de las fotos gigantescas del Jefe del Estado en actos nacionalistas como expresión de una frustración de siglos y también de un resentimiento no menos secular, con sus consiguientes altibajos, y en el fondo de una soberbia fuera de lugar y tiempo tenida como orgullo patriotero local al modo de lo que miméticamente se hace observando actuaciones del radical separatismo nacionalista.
Pero, hasta llegar al botellón hay todo un proceso totalmente complejo y que va conformando las mentes juveniles por simple observación e información social y que puede ir desde la constante descalificación al poder democrático, legítima y legalmente constituido, hasta la amplia corrupción que lacera nuestra vida política y económico-financiera, la sempiterna desautorización al poder político negándole la capacidad para remontar mínimamente la miserable crisis que azota a la mayoría de los españoles, produce como inmediata consecuencia una falta total de estima que lleva por los senderos de lo que ya Merton denominara anomia .
Allí donde no hay Ley no hay orden racional y rige una Ley diferente que no es otra que la Ley de la calle o si se prefiere por utilizar un tópico la Ley de la selva y con esta Ley de la selva se presenta como un derivado lógico como primera agresión virulenta el ataque durísimo por demás a las fuerzas del orden público que junto con los jóvenes son los que terminan pagando, directa y personalmente el efecto de las continuas desautorizaciones y descalificaciones, yo diría que diaria y repetidamente de quienes deben corporeizar la autoridad democrática y moral que se presenten ante la juventud como tipos o figuras ejemplares de honestidad y seriedad que deben o pueden gobernar el país. Por eso el fenómeno de una generalizada corrupción siquiera sea Municipal o Autonómica produce unas consecuencias nefastas en la estima de valores sociales e incluso de la misma Ley que han llevado a cabo quienes están constantemente llamándose corruptos, incapaces, inútiles, embusteros y otras muchas más lindezas al uso en la pelea de gallos y hasta de gallinas desaforada que es hoy la política española en todos sus niveles, Nacional, Autonómica y Municipal.
Los jóvenes no son marcianos. Los jóvenes tienen una gran capacidad de observación y retención crítica que corresponde genuinamente a su cronología y de ahí a destruir cualquier idea del deber ser, no hay más que un breve espacio.
Los admirados por la juventud no son los que producen las normas ya sean futbolistas o excelentes deportistas y con esos referentes y esos fetiches, valga la expresión, conseguir la superlativa osadía y arrogante chulería que va dentro del botellón no hay más que un paso, de forma que no es el botellón por el botellón sino lo que éste representa como es dotar de una virulencia incluso arriesgada a quienes sin él estarían tranquilamente paseando del brazo de su amiga/o por la plaza del pueblo, pero esa ferocidad resultante debe verse mucho antes de que se exprese, larvada interiormente, sin necesidad del simplismo del botellón que queda así reducido a su auténtico valor como es la de ser un mero factor desencadenante, pero siempre resultado de un desconcierto y huérfano desasosiego e incerteza e inseguridad, cuando no desesperación en todos los órdenes que, según mi opinión, padece hoy en día nuestra atormentada juventud.
Ese es el problema y no se vislumbra solución generalizada por muchos años. El porvenir se les presenta a los jóvenes, y también a los mayores, altamente sombrío. Esperemos que los chinos y los americanos nos resuelvan la cuestión con sus abundantes inversiones en este país de rentistas en todos sus niveles. Todo se andará.
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