Domingo 11 de octubre de 2009
Las celebraciones oficiales, sea cual sea el estado protagonista, suelen tener como denominador común la coincidencia de las instituciones patrias en torno al hecho que se conmemora. No así en Bolivia, donde su presidente, Evo Morales, rendía homenaje al Che Guevara en el 42 aniversario de su muerte, mientras que el ejército boliviano rendía homenaje a los soldados que por aquel entonces luchaban contra la guerrilla que subvertía al país. Todo un contrasentido digno de la talla intelectual del caudillo cocalero que gobierna Bolivia. Solo así se puede entender que mientras las fuerzas armadas de una nación soberana celebren la victoria sobre un grupo guerrillero de origen foráneo y sin más motivación que la violencia en sí misma, su presidente se ponga del lado del extranjero responsable de intentar desatar una guerra civil.
Todavía hoy día, el Che es uno de los grandes iconos de la izquierda mundial. Ponderan su idealismo y su compromiso con los más desfavorecidos, a favor de los cuales llevó a cabo una suerte de proselitismo revolucionario violento por varias partes del mundo. Pero omiten su afán por instaurar la lucha armada allá por donde pasó, siendo responsable de incontables muertes originadas por la violencia que gustaba fomentar. El Che fue una persona cuya trayectoria vital estuvo marcada por las armas, teniendo muy poco de ese aura de pacifismo que algunos quieren vender. En el caso concreto de Bolivia, el Che fue allí a matar bolivianos no-revolucionarios, que eran la inmensa mayoría, ni más ni menos. Y que Evo Morales lo celebre resulta de una indignidad acorde con su catadura moral. La memoria de los bolivianos que perdieron la vida a manos de la guerrilla merece algo más de respeto, sobre todo de la máxima autoridad del país.