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Juan Pablo Barrientos: de la Sierra a Georgetown

América en español

Lunes 12 de octubre de 2009
Un destino caprichoso pero implacable llevó a Juan Pablo Barrientos a criarse en el deprimido barrio de la Sierra, uno de los más pobres y peligrosos de Medellín. A fuerza de constancia y contra todo pronóstico, Juan Pablo consiguió ser el primer chaval de su barrio en sacarse el bachiller, estudiando por las mañanas y trabajando vendiendo “confites” en los autobuses por las tardes. Hoy es corresponsal de varios medios colombianos en Washington DC, sigue trabajando en su formación en Georgetown, una de las universidades más prestigiosas de EEUU, y hasta se plantea iniciar una carrera política en unos años. Ésta es su historia.

A veces el destino nos pone las cosas difíciles. Muy difíciles. El día en el que se sorteó la suerte en la vida hubo quienes se llevaron todos los premios mientras otros no tuvieron ni la gracia de llevarse el de consolación. Sin embargo, los hay para quienes la suerte no es más que una palabra vacía, que palidece ante otras como trabajo, esfuerzo y voluntad. Personas como Juan Pablo Barrientos, periodista colombiano que se negó a aceptar las tretas del destino y luchó por salir adelante en busca de sus sueños.

A este corresponsal de varios medios colombianos en Washington, colaborador de otros tantos, incluyendo este mismo periódico (Juan Pablo Barriendo: "Les presento al próximo presidente de Colombia"), graduado en Filosofía y Periodismo, a punto de acabar una maestría en estudios latinoamericanos en la prestigiosa universidad de Georgetown y con miras a un futuro doctorado, el día se le queda corto para hacer todo lo que quiere.



Cuatro horas para dormir

Se levanta a las 4 de la mañana para dar el parte del día en EEUU en un programa de radio de la cadena de radio colombiana la FM (Juan Pablo Barrientos LAFM) y cuando éste termina, a las 11h, corre a buscar la noticia, cámara en mano, para preparar las piezas que se emitirán en el informativo del mediodía de la RCN (canal RCN). Por las tardes trabaja en su maestría, en los temas de los que hablará en la radio en la madrugada siguiente, procura hacer algo de vida social... Por las noches, en las cuatro horas escasas que se permite dormir, sueña con alcanzar algún día el poder suficiente para lograr solucionar todos esos problemas que ve en su país. Todos esos problemas y carencias que él ha vivido en carne propia. Oír a cualquier otra persona de 26 años hablar de llegar a la presidencia de un país, sin contactos, sin una gran fortuna o un padrino influyente detrás, podría sonar fantasioso, pueril e incluso ridículo. Increíble en cualquier caso. En Juan Pablo suena plausible y, conociéndolo, deseable.

Juan Pablo se crió en la Sierra (la Sierra), un barrio de Medellín azotado por la pobreza, la violencia paramilitar y las drogas. “Los muertos y los tiroteos eran diarios, por las noches mi madre tenía que taparme los oídos para que no oyera los tiros”, nos explica sin un ápice de victimismo. Su infancia fue paupérrima, trabajando desde los cinco años en cualquier cosa que surgiera y enfrentándose a la dureza de la vida sin la tregua de una infancia despreocupada en la que refugiarse durante unos años.

“Saltando entre cadáveres”

La historia personal de cómo Juan Pablo, nacido de una relación extramatrimonial de una acomodada mujer colombiana, acabó creciendo en una humilde familia de ocho hermanos en la Sierra, “saltando entre cadáveres cada día para llegar al colegio”, parece sacada de un culebrón. Su madre biológica, ante el rechazo de su familia a su embarazo, dejó a su bebé de dos meses en la casa de unos desconocidos en el barrio más humilde de Medellín.

Sólo le legó sus apellidos y un interrogante doloroso, “la odiaba, no entendía porqué me había abandonado”, que sólo se resolvió 16 años después, cuando tras verlo en televisión, las hermanas de su madre, que para entonces estaba instalada en Nueva York con sus otros dos hijos mayores, le avisaron de que Juan Pablo, aquel niño que había dejado en la Sierra, deseaba cambiar sus apellidos por los de su familia adoptiva. Y es que, ante el gran número de robos de niños existente en el país, la ley colombiana obliga a cualquier chaval que desee ser adoptado a salir en televisión por si se da el caso de que sus verdaderos padres lo reconocen.

“En cuanto nos vimos por primera vez y me explicó como habían sido las cosas la entendí y la perdone”, cuenta Juan Pablo con la omnipresente sonrisa que le caracteriza. “Ahora tengo dos familias a las que adoro, la de la Sierra y la de mi mamá en Nueva York”, asegura.

Una máquina de escribir

El destino quiso robar a Juan Pablo la oportunidad de crecer con todos los privilegios que en principio le deberían haber correspondido. Lo que no le pudo quitar fue esa fuerza interna que le llevó a sobreponerse a la miseria y la desesperanza para soñar con un futuro mejor. “El primer regalo que me hice con los ahorros que tenía de trabajar fue una maquina de escribir”, recuerda divertido, mientras rememora sus tretas para hacerse con un periódico: “si comprabas diez diarios, te regalaban el décimo, así que lo que yo hacía era revender nueve de forma que, aunque no sacaba beneficio, no gastaba dinero”.

Sin decir nada en casa, con sólo diez años, se presentó por su cuenta a los exámenes de prueba del INEM José Félix de Restrepo, el mejor instituto público de Medellín y el más grande de la región de Antioquia. Consiguió ser uno de los mil aceptados de entre los 5.000 que se presentaron y allí es donde empezó a ver lo que ya intuía: que había vida más allá de la Sierra. Consiguió terminar sus estudios en el INEM sin dejar nunca de trabajar para ayudar a su familia, alternando la vida acomodada de algunos de sus compañeros con la pobreza de su entorno, liderando el movimiento estudiantil y comprobando hasta dónde le podían llevar el esfuerzo y el tesón.

La carrera política

Al terminar el colegio entró en el seminario, de donde fue expulsado porque “nunca me ha gustado seguir las reglas y tenía muchos encontronazos con los padres”. La carrera religiosa no funciono pero sí salió de allí con 19 años -le adelantaron un curso en el colegio y los grados en Colombia duran tres años- , un pregrado en Filosofía y un empleo como profesor en un instituto. Pero eso era poco para él. Estudió la carrera de Periodismo, mientras seguía trabajando en el instituto, que sólo dejó una vez fue contratado en un periódico. Entonces llegó la oportunidad que le daría el espaldarazo definitivo: gracias a una beca, Juan Pablo pudo viajar a los Estados Unidos. Hace ya cinco años de aquello y hoy Juan Pablo es un periodista que adora su trabajo, con mil proyectos en cartera y muchos sueños por los que luchar.

Cuando le preguntamos qué plazo se da para ser presidente de Colombia, sonríe pero no duda a la hora de hablar del año 2026. Por lo pronto, todas las semanas se reúne con un grupo de colombianos aquí en Washington, con los que habla de las posibles soluciones y líneas de actuación ante los problemas del país. Él se ríe, pero medio en broma, medio en serio, no duda ni un segundo cuando asegura que él puede ser un buen presidente o alcalde porque conoce “bien los problemas del pueblo”. Su sueño es llegar a ser una especie de Lula o Michele Bachelet. Escuchándole hablar, viéndole como le vemos ahora e imaginándolo con sólo cinco años ayudando en casa para conseguir lo mínimo, llegar a la Casa de Nariño se antoja más fácil que nacer en la Sierra y acabar estudiando una maestría en Georgetown, cuna intelectual de la elite más pudiente de EEUU.

A más corto plazo, Juan Pablo no tiene claro si viajar a Europa o Brasil para hacer su doctorado. Sólo que quiere seguir creciendo, aprendiendo, disfrutando, en definitiva, viviendo. Esa vida que con sólo 26 años, a pesar de todos los sinsabores que le ha traído -o quizás gracias a ellos-, a la esquizofrenia de sus orígenes, a la dureza de los recuerdos, adora y “volvería a vivir de igual forma una y otra vez”.

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