Jordi Canal | Lunes 12 de octubre de 2009
A principios de los años noventa del siglo pasado, un conocido historiador nacionalista catalán me dijo que resultaba inconcebible lo que le acababa de hacer, pues él creía que yo era un buen patriota, como demostraba el hecho de que me había visto en varias ocasiones en el campo del Barça. Eso tan terrible que yo “acababa de hacer” y que resultaba tan antipatriótico era, simplemente, cuestionar los criterios, algo ideologizados desde mi punto de vista, con los que se estaba organizando un coloquio sobre la historia del carlismo. Los hechos ocurrieron, si no recuerdo mal, en Barcelona.
En aquel momento me quedé algo sorprendido, sin acabar de entender el razonamiento y la mezcla de elementos que para mí tenían poco que ver: el estudio de la historia, el patriotismo catalán y ser aficionado del Barça. Pero me costó poco, una vez disipada la inicial sorpresa, comprender la particular manera de entender el mundo de mi interlocutor: si a uno le gusta el Barça –como es mi caso, aunque no sea socio- debe ser un patriota catalán y, en consecuencia, debe hacer historia desde un punto de vista nacionalista. Yo, particularmente, no le veo ninguna lógica a estos pasos. Me gusta y me sigue gustando el Barça, no me considero ni mucho menos un nacionalista catalán –aunque sea catalán y el catalán sea mi lengua materna-, ni pienso que el oficio de historiador, algo muy serio a mi entender, admita que sea puesto al servicio de una causa, sea ésta el nacionalismo o la revolución. El tiempo me ha enseñado, sin embargo, que muchos catalanes y muchos historiadores entienden las cosas de distinta manera.
He recordado esta vieja anécdota mientras este sábado leía los artículos de prensa dedicados a las últimas declaraciones públicas del presidente del Barça Joan Laporta. Preguntado por los informadores sobre las polémicas que afectan al club de fútbol que dirige –esto es, el caso de espionaje a cuatro vicepresidentes, ordenado por Joan Oliver, director general del club, y que se ha demostrado que no tiene que ver con temas de seguridad sino claramente electorales, y el caso de los insultos telefónicos al presidente de la Junta de Extremadura, el “culé” Guillermo Fernández Vara-, Laporta solamente se ha referido a los “intentos de desestabilizar” al Barça que se encuentran tras estas noticias y a la existencia de una persecución de tinte ideológico. En conclusión, la culpa como siempre es del mensajero y además existe una magna conspiración o contubernio, que en este caso debe ser, supongo, “judeo-masónica-españolista”. Cierto es que Joan Laporta ya nos tiene acostumbrados a los incidentes y malos modos, pero de ahí a considerar que la gente es tonta –o imbécil, como parece que repitió en unas diez ocasiones a Fernández Vara- va un largo trecho. Toda crítica es parte de una conspiración y toda crítica al Barça, un ataque a la “nación Cataluña”. Así parece razonar el presidente. Imagino que este fue el motivo que le impulsó a concluir la conversación con el presidente extremeño, tras la aparición en Marca de un artículo en el que éste reclamaba algo de cordura y no perder de vista que el presidente del Barça representa a todos los barcelonistas, con un significativo “Visca Catalunya Terra Lliure”. No voy a entrar aquí en si la alusión a Terra Lliure se refiere al grupo terrorista o simplemente a lo que debiera ser Cataluña –como si no lo fuera y no gozase en la actualidad de más autonomía y libertad que nunca; y lo repito, para escándalo de los patriotas, más que nunca en toda su historia-, pero las palabras de Laporta constituyen un claro signo del estado mental confuso que aqueja a buen número de personas en la Cataluña de hoy.
No podemos ignorar que el Barça está pasando por uno de los mejores momentos de su larga existencia y que el equipo que con acierto entrena Guardiola da muchas ilusiones a sus seguidores. Reconozco que, como aficionado al fútbol, lo estoy disfrutando. Pero pienso, asimismo, que lo que ocurre a su alrededor no es normal: ni la catalanización y adoctrinamiento forzado de las bases del club, ni el espionaje, ni los insultos a los presidentes autonómicos, ni la utilización del Barça con fines políticos nacionalistas. En este último sentido, Joan Laporta y el independentismo catalán –el de Reagrupament, el de ERC e, incluso, a veces, el de una desorientada CiU- se están aprovechando hoy del estado actual del equipo de fútbol entrenado por Guardiola. Y ello me parece intolerable. Que con la excusa del “deporte rey” nos adoctrinen no resulta una novedad, como bien nos demostraron en uno u otro momento muchas dictaduras, desde la franquista hasta la argentina. El Barça es, seguramente, más que un club, pero lo que no es ni puede ser es más que una supuesta nación que quiere ser un Estado. Seamos serios, por favor.
TEMAS RELACIONADOS: