Los Lunes de El Imparcial

NOVALE

reseña

Jueves 15 de octubre de 2009
Fernando Aramburu: Los peces de la amargura. Tusquets. Barcelona, 2009. 248 páginas. 7,95 €


A primera vista podría pensarse que Los peces de la amargura es un libro más de denuncia sobre la situación en el País Vasco. Podría caerse en el error de amarlo u odiarlo, en función de la adscripción política, sin darle siquiera la oportunidad de ser leído. Podría catalogárselo en un “bando” del “conflicto” después de echar una hojeada a sus páginas; dar una opinión superficial y tranquilizadora sobre él, aludiendo a la falta que hacen más libros como éste, en los que se señale el tremendo drama de las víctimas de la violencia etarra y sus adláteres o, por el contrario, abominar de sus cuentos, tachándolos de victimistas y maniqueístas.

Se podría, sí; pero todas estas actitudes y percepciones serían equivocadas. Porque lo que trata Fernando Aramburu en Los peces de la amargura no es hacer un alegato político, ni señalar a gritos dónde están los buenos y dónde los malos. Los cuentos sencillos, cotidianos y escalofriantes de este libro sólo reflejan el auténtico problema en el País Vasco: el de la convivencia de una sociedad anestesiada en la que los hechos más horripilantes se suceden ante la mirada deshumanizada de gentes de toda índole política, que han asimilado de tal forma la existencia de la violencia, que son incapaces de verla en toda su dimensión.

Porque tal y como retrata Aramburu en relatos como el del matrimonio que critica a su vecino por “haberse metido en política”, poniendo así a todo el vecindario en el punto de mira de los radicales, o el de los hijos que no se atreven a contar que su padre está en el hospital por haber sido víctima accidental de la kale borroka, van más allá de la denuncia política. Se sumergen en un ámbito más humano, profundo y universal, adentrándose en los vericuetos de la responsabilidad intrínseca de sociedades que no son capaces de reaccionar hasta que la sangre no llega a su puerta, que se dejan mecer por los cantos de sirena que trasladan la culpabilidad a las víctimas, que acaban justificando su muerte o desgracia en base a que el mero hecho de ser atacadas las convierte en culpables de faltas imaginarias, pocas veces verbalizadas. Así, el asesino, el verdugo, acaba convirtiéndose en la auténtica víctima del destino, arrastrado, por la actitud del condenado, a utilizar una violencia que abomina pero que le ha sido impuesta por quien la sufrirá.

Por Regina Martínez Idarreta

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