Anoche, el Teatro Español se convirtió durante casi tres horas, y volverá a hacerlo el próximo sábado 17, en el elegante salón del madrileño palacio de la condesa-duquesa de Benavente, lugar en el que se interpretó por primera vez Clementina, una zarzuela dieciochesca, también llamada ópera de salón, con música del genial compositor italiano afincado en la Villa y Corte, Luigi Boccherini y libreto del dramaturgo madrileño Don Ramón de la Cruz. Y la experiencia de trasladarse a aquel acontecimiento social de las navidades de 1786, un “divertimento” con tanto éxito que colocó al salón de María Faustina Tellez-Girón por encima del de su prima, la duquesa de Alba, ha resultado ser un enriquecedor y bello viaje que sólo puede ser fruto de un esmerado trabajo en todas las categorías: musical, interpretativa y escénica.
Una producción que es una pequeña joya como lo es, sin duda, esta obra barroca tan poco conocida, que la Fundación Caja Madrid, en colaboración con el Teatro Español, ha rescatado dentro del ciclo “
Los Siglos de Oro” cuyo objetivo es la recuperación de inéditos y la creación de repertorios. En el caso de
Clementina, el trabajo se inició juntando los dos manuscritos existentes de la obra, el de Madrid y el de Berlín, al objeto de fusionarlos desde una faceta historicista, con instrumentos originales y voces que vienen del barroco.
La
partitura de Boccherini que se escuchó anoche se ha presentado en una nueva versión a cargo de Miguel Ángel Marín, que posteriormente será editada por la Fundación Boccherini de Lucca, la ciudad natal del compositor. Pero a diferencia de la parte musical, que sigue estando íntegra en esta nueva y cuidada producción, el texto ha experimentado una reducción considerable, cortando aquellas partes que no eran fundamentales y que entorpecían, de algún modo, que la trama siguiera avanzando a un ritmo que nada tiene que ver con el que latía entre aquel público de la nobleza de hace más de dos siglos. Y como aseguraba su director de escena Mario Gas: “El texto era necesariamente cortable y, en cambio, la música era necesariamente incortable”.
Pero aunque está claro que el ritmo no sea el mismo, los amoríos y enredos son tan actuales que está claro que los cortes en el libreto de Don Ramón de la Cruz están realizados con un gran sentido dramatúrgico y refleja fielmente las innovaciones que De la Cruz había introducido en el género de la comedia, ajustada con rigor a las normas de unidad de acción, tiempo y lugar, narrando las peripecias de unos personajes de lo más originales, trama terrenal con cruce de parejas, durante aproximadamente nueve horas y en la casa madrileña de Don Clemente, propia del siglo XVIII.
Sí, los invitados de la condesa-duquesa de Benavente lo debieron pasar muy bien con la obra, en una época en la que la música era frágil por su elegancia, pero absolutamente necesaria para el refinamiento de la divertida historia que se contaba. Parece que en su día, la condesa dictó una serie de normas que influirían en el desarrollo de la obra, imponiendo el número de personajes y, sobre todo, seleccionando personalmente a los intérpretes entre los miembros de su familia y su círculo íntimo de amistades, y no debió hacerlo mal. Sin embargo, seguro que la noble dama habría estado mucho más feliz con la ficha artística de la producción del Teatro Español. El reparto es compacto y de altísima calidad, con una Clementina, único personaje serio de la obra, interpretada magníficamente por la soprano Anna Chierichetti y con su hermana Narcisa, papel en el que brilla la soprano madrileña María Rey-Joly por su voz y su genial interpretación, quien a propósito del estreno de esta obra reivindicaba estos días la importancia de éste género tan nuestro que es la zarzuela. Junto a ellas, la mezzosoprano Amaya Domínguez que borda su papel de Cristeta, deslenguada y enamoradiza criada; el bajo Joao Fernandes y el tenor Juan Sancho, muy aplaudidos por sus interpretaciones de Don Lazaro y Don Urbano.
Pero, además de los cantantes, la obra cuenta con dos personajes que sólo hablan: Don Clemente, el padre de las casaderas muchachas, a quien da vida un impecable y convincente Jordi Boixaderas y el Marqués de la Ballesta, a quien el actor Vicente Díez construye como el más disparatado y chulapón de todos los que “conspiran” entre los salones de la majestuosa casa, escenario pulcramente creado por los escenógrafos Juan Sanz y Miguel Ángel Coso.
Y para que el resultado fuera tan redondo hay que hacer una mención especial a la Orquesta Barroca de Venecia. Su interpretación, bajo la dirección musical de Andrea Marcon, fue esencial para que el éxito cosechado por la obra fuera tan unánime.