María Cano | Lunes 19 de octubre de 2009
A bombo y platillo anunció Zapatero a las mujeres que podían estar tranquilas, que su Gobierno iba a reformar la ley para hacer el aborto más accesible. Y tanto, hasta la semana 22 plantea el proyecto de ley que se pueda interrumpir el proceso de gestación libremente. Podría entrar a debatir sobre si a las 22 semanas estamos hablando de un ser humano o no. Podría argumentar que hay determinados supuestos en los que un aborto es aceptable e, incluso, recomendable. Podría plantear dudas sobre las consecuencias que se pueden derivar físicas y psicológicas para las mujeres que se sometan a uno o a varios abortos a lo largo de sus vidas. Podría protestar por la irresponsabilidad de quienes ya han interrumpido sus embarazos en varias ocasiones por el mero hecho de no tomar precauciones para que eso no ocurra. Y podría hasta lamentar el gasto que en un futuro más o menos lejano supondrá a la Sanidad española afrontar las consecuencias de un abuso de esta norma. Porque complicaciones físicas, así como perjuicios psicológicos que requieren tratamiento son una consecuencia de esta práctica que no se debe obviar.
Al margen de lo ético, moral e, incluso, económico, Zapatero ha cometido un error de dimensiones incalculables que podría suponer el principio de su fin. Sí, señor Zapatero, porque no se puede gobernar a golpe de imposición, porque no se puede ignorar la voluntad de millones de personas, porque en democracia no se debe legislar sin buscar el consenso. Y el presidente del Gobierno ha manejado esta delicada cuestión desde el extremo, desde la confrontación y, en ciertos aspectos, desde la ignorancia. ¿Qué tiene que ver la igualdad entre hombres y mujeres con el aborto? ¿Alguien puede explicarme qué tienen que ver Bibiana Aído y su flamante Ministerio de Igualdad con semejante cuestión?
Pero volviendo a lo que nos ocupa, el Gobierno ha tratado de hacer oídos sordos durante meses a las críticas, peticiones, llamadas al diálogo y demás obstáculos que se ha ido encontrando en su camino. Con su mejor sonrisa, ha pretendido darnos a entender que no pasaba nada, que todo iba bien y que lo que su Gobierno estaba llevando a cabo era, en realidad, lo que la mayoría de los españoles quiere. Que sólo unos cuantos conservadores de derechas protestaban porque, claro está, su religión o sus principios les impedían aceptar semejante norma.
Pero ¡ay!, Zapatero, que te has encontrado con que un millón de personas se han echado a la calle este sábado cansadas de que se silencie su opinión y te han dicho muy clarito que no están de acuerdo, que no son cuatro exaltados, que no todos votan al PP y que no son todos católicos. Ese mar de gente que recorrió las calles de Madrid era una mezcla de perfiles tan dispar que al Gobierno no le va a quedar más remedio que mirarla de frente, renunciar a sus excusas manidas de argumentario político trasnochado y replantearse su gestión.
A los españoles no nos divierte tanto como piensan esta guerra bipartidista en la que libran batallas diarias que consisten en calumniar, acusar al otro y, sobre todo, en poner etiquetas para buscar la simpatía de quienes rechazan a quienes presuntamente las llevan. Sabemos que creen que somos tontos, borregos con ganas de soltar cuatro arengas en el bar el sábado por la noche, pero resulta que hay cuestiones que son sagradas. Como la vida. Como la muerte. Como la salud. Como la falta de ella. Aquí, señor presidente, no hay buenos, ni malos, ni socialistas, ni populares, ni católicos, ni budistas, ni ricos, ni pobres, ni nada de nada. No hay etiquetas, sólo seres humanos. Trátennos como tales si no quiere perder el puesto.
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