Martes 20 de octubre de 2009
Cuando faltan poco más de dos meses para que España asuma la presidencia de turno de la Unión Europea, el Gobierno empieza a perfilar las que serán sus líneas maestras de actuación durante el semestre que dure dicha presidencia. Uno de los puntos fuertes en la agenda española es el de estrechar lazos con Cuba, de ahí que el ministro Moratinos esté de visita oficial en la Isla, donde ayer se reunió con su homólogo cubano, Felipe Pérez Roque, y hoy hará otro tanto con Raúl Castro. Que se sepa, es la primera ocasión en la que el Ejecutivo español lleva a cabo una acción concreta con vistas a su próxima presidencia europea, por lo que resulta muy significativa la elección. Precisamente por eso, que el primer guiño que se haga sea a la dictadura castrista define perfectamente el tipo de política exterior que tanto gusta a José Luís Rodríguez Zapatero.
El argumento de la “nueva etapa en las relaciones entre Cuba y España” mencionado por Moratinos es tan vacío como la trayectoria del titular de Exteriores al frente de su cartera. Es de todo punto inaceptable que España pretenda hacer de puente entre la Unión Europea y una dictadura totalitaria con más de medio siglo de historial represivo. En Cuba se violan sistemáticamente los derechos humanos, no hay libertad alguna y la democracia brilla por su ausencia. Argumentos todos ellos carentes de todo valor para Miguel Angel Moratinos, quien no sólo mantiene una actitud de total complacencia con el régimen castristas, sino que además se ha negado a reunirse con la disidencia cubana. Y, todo ello, ¿a cambio de qué?. España sigue sin articular una política de intereses clara y definida. Sólo hay gestos para consumo de la política interior, el voto radical, en este caso.
Es poco probable que Europa comparta el fervor castrista que parece sentir el Gobierno español. Y menos probable aún es que Cuba realice reformas democráticas por mor de las gestiones de Moratinos. Quizá por ello, el Ejecutivo que preside José Luís Rodríguez Zapatero debería de poner más empeño en hacer una política exterior acorde con el papel que España está llamada a representar en el concierto mundial, en lugar de entregarse en brazos de “estadistas” de la talla de Raúl Castro, Evo Morales o Hugo Chávez. Semejante “tropa”, como diría Romanones, no parece la mejor compañía de cara a una buena consideración internacional.
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