Opinión

Más inéditos de Buenos Aires

Concha D’Olhaberriague | Martes 20 de octubre de 2009
“El misionero” es un libro de Almafuerte, pseudónimo del poeta argentino Pedro Bonifacio Palacios, escrito en 1903. Años más tarde, un muchacho llamado Jorge Luis Borges, lo oyó recitar. No entendió casi nada. No obstante, pensó que algo singular estaba sucediendo. Aquella emoción -contó él mismo en una entrevista a La Nación- fue su primera revelación de la poesía.

Ahora, entre los papeles de la SADE (Sociedad Argentina de Escritores), calificados por la prensa porteña con justicia de tesoros, hay un borrador manuscrito de cuarenta hojas de dicho poemario.

La semana pasada les hablé del hallazgo casual de los escritos. Desde que tuve conocimiento del magnífico suceso vengo preguntándome qué otras sorpresas nos aguardarán. Confío en que los periódicos argentinos, al menos, sigan contándonos más pormenores.

Por allí, ataba cabos yo, anduvo, con seguridad, Victoria Ocampo, inteligente escritora y mujer veraz y generosa. En diciembre de 1955, la SADE y la Universidad de La Plata tributaron un homenaje al filósofo español José Ortega y Gasset, recientemente fallecido. En el trancurso del acto leyó Victoria un texto excepcional por su finura literaria y por ser el testimonio sincero de una amistad intensa y accidentada entre dos personalidades descollantes. Más tarde lo publicó en su revista, nacida unos años después que la del amigo madrileño, la de Occidente, y titulada como parangón con ella Sur. El emotivo escrito se titula “Mi deuda con Ortega”. Junto a la evocación melancólica de la persona y la obra, inseparables en su criterio, habla Victoria Ocampo de sus desavenencias con el régimen peronista que la encarceló y allanó la sede de la revista Sur una vez y su morada en dos ocasiones.

Consciente del peligro que corría su correspondencia, la envió en una valija a casa de un amigo con el fin de preservarla y legarla, luego, como valioso documento de una época. Gracias a ese celo, podemos ahora leer en el último número de la Revista de Occidente, en edición al cuidado de la profesora Irma Emiliozzi, nueve cartas que a la escritora envió Francisco Ayala, el más veterano de nuestros hombres de letras y el único colaborador del histórico periódico El Sol que aún está entre nosotros.

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