Opinión

Palos de ciego

Carlos Arriola | Miércoles 21 de octubre de 2009
El tema obligado es la requisa de la compañía Luz y Fuerza del Centro (LFC), organismo estatal desde su nacionalización hace medio siglo, que había conservado su autonomía con respecto a la poderosa Comisión Federal de Electricidad (CFE), responsable del servicio en todo el país, a excepción de la capital y algunas zonas aledañas.

La compañía LFC constituía una anomalía administrativa que subsistió gracias a un poderoso sindicato fundado en 1914, en plena Revolución y, por consiguiente, con una fuerte tradición de izquierda. Sus relaciones con los gobiernos priístas oscilaron entre la confrontación y el enfrentamiento y aunque a menudo se habló de su fusión con la CFE, la decisión siempre se pospuso.

Sobraban las razones técnicas, administrativas y financieras para proceder a la fusión. Sin embargo, el actual gobierno escogió la peor: la falta de democracia en el sindicato. En los días previos a la requisa, el Ministro de Trabajo apareció en los medios de comunicación hecho un energúmeno, utilizando un lenguaje vulgar, con lo que dio a la requisa un tono antisindicalista. No es la primera vez que el Ministro asume esta actitud y cuenta en su haber un largo e irresoluto conflicto con el sindicato de mineros y contra su líder exilado en Canadá, acusado de todo, sin que hayan prosperado las demandas de extradición.

Con posterioridad a la requisa, el Presidente y varios de sus ministros han sacado a relucir las razones financieras, de productividad y otras más, sin dejar de insistir en la rigidez del sindicato para negociar. Simultáneamente han ofrecido generosas compensaciones a los más de 40 mil despedidos a fin de romper la resistencia de los trabajadores. Aún es demasiado temprano para saber si lograrán su objetivo, así como para conocer si las muestras de solidaridad de otros sindicatos irán más allá de las declaraciones verbales y de las marchas de protesta.

La decisión del presidente Calderón se tomó en un momento en que su popularidad estaba a la baja y la debilidad de su gobierno y de su partido era extrema. El proyecto de presupuesto presentado había sido objeto de un rechazo generalizado y tres días antes de la requisa, el 7 de octubre, el Consejo Coordinador Empresarial (equivalente del CEDE) publicó una severa crítica a la propuesta gubernamental que aumenta en 5.3% el gasto corriente y, en cambio, reduce en forma sustancial el gasto de capital (10%). Los partidos de oposición y los movimientos sociales, a su vez, se oponen al incremento de los impuestos al consumo, habiendo sido secundados por varios líderes del propio partido gobernante. Más sólo no podría encontrarse el presidente Calderón.

La requisa fue un coup de théâtre que hizo olvidar, por el momento, la discusión sobre el presupuesto y las críticas a la fallida estrategia de lucha contra el narco. Igualmente permitió al presidente volver a tratar de presentarse como un jefe de Estado sin miedo a tomar decisiones. La requisa le ha merecido algunos reconocimientos, pero cabe preguntarse acerca de su duración. A cambio, ha despertado inquietudes en otras organizaciones sindicales que mirarán con recelo y desconfianza la política obrera. Numerosas voces han alertado, de tiempo atrás, sobre los riesgos de estallidos sociales y más de una ha dicho que la requisa equivalió a derramar gasolina en una pradera seca.

Al margen de las profecías, subsiste el hecho de la debilidad y la desorientación gubernamentales. Los golpes espectaculares sólo posponen, a la vez que agravan, los problemas reales de país: el desempleo, la desconfianza de los inversionistas, el aumento del costo de vida, entre otros. Lo que no se ve por ningún lado es programa de gobierno para enfrentar las dificultades. Hay una pasividad en los ministros que asusta, como la mostrada por el de Finanzas, que no pasa de su antigua condición de burócrata del Fondo Monetario. Más desesperantes resultan los anuncios contradictorios y los programas de reactivación económica, siempre pospuestos.

La falta de oficio, la mediocridad intelectual y el apocamiento han caracterizado a los gobiernos del PAN, tanto a nivel federal como estatal y municipal. Durante la última década han provocado un vacío de poder que ha desembocado en la balcanización de la sociedad. Los panistas nunca han entendido la razón de ser del Estado y menos la de un Poder Ejecutivo fuerte que imprima rumbo y destino al país. Engendrados por algunos empresarios y parte de la Jerarquía eclesiástica, los panistas portan los genes de la ambigüedad, de la debilidad y de la indecisión. No es de extrañar, por consiguiente, que Calderón, a igual que su predecesor, gobierne dando palos de ciego.

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