Opinión

Las grandes obras y los temas recurrentes

Enrique Aguilar | Miércoles 21 de octubre de 2009
¿Existen ideas perennes o toda idea está, por el contrario, atada a un contexto desde el cual, y sólo desde el cual, puede ser entendida? En otros términos, ¿puede una obra ser leída como si hubiera sido escrita ayer, prescindiendo de todo hecho que no sean los propios dichos del autor que encierran en sí mismo un significado trascendente a su época y a su biografía personal? ¿O acaso el conocimiento del lenguaje y las convenciones contemporáneos a quien escribe, así como las intenciones subyacentes a sus afirmaciones, no sólo son parte de la génesis de una obra sino de su posterior interpretación?

Es casi imposible zanjar este debate que a la postre divide a textualistas y contextualistas. Sin embargo, y para ceñirme al estudio del pensamiento político, se me ocurre que siendo éste, como escribiera Iain Hampsherd-Monk, “una suerte de tierra de nadie intelectual, un tema de litigio fronterizo entre (por lo menos) los territorios adyacentes de la política, la filosofía y la historia”, la cuestión dependerá de la perspectiva que presida dicho estudio.

Si la perspectiva es eminentemente teórica y no histórica ni empírica, podría sostenerse que las grandes obras guardan una relativa autonomía con respecto al espacio físico y temporal en que surgieron. Sobre todo las obras de los autores que consideramos clásicos, que han podido vencer las barreras del tiempo y los eventuales olvidos. Por eso dialogamos con ellas. Porque todavía nos interpelan y nos ayudan a pensar nuestro presente. También por eso este diálogo no se traduce en un intelectualismo puro, vacío de contemporaneidad, aun cuando no contemos con una tradición viva que lo alimente.

Los clásicos, en efecto, nos presentan lo que Norberto Bobbio denominaba “temas recurrentes”, que son “siempre los mismos”. El conocimiento de estos temas revestía para él una importancia doble. Por un lado, servía a los fines de identificar categorías generales y construir un sistema conceptual coherente. Por el otro, permitía establecer afinidades y diferencias entre las diversas teorías. De ahí su desconfianza de las investigaciones orientadas a hallar “precursores”, “porque no hay precursor (decía) del cual no se descubra que tiene precedentes”.

“Para no dejarse engañar por las apariencias y no ser inducido a creer que cada diez años la historia vuelve a comenzar desde el principio, se requiere mucha paciencia y saber volver a escuchar las lecciones de los clásicos”, escribió asimismo Bobbio. En estas horas en que se conmemora el centenario del gran pensador italiano, ya devenido él mismo en un clásico, me pareció oportuno recordar sus sabias palabras.

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