Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional
Viernes 23 de octubre de 2009
Margaret Chan, directora general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), ha pedido una "mayor justicia a la hora de compartir los beneficios de los avances médicos" al recoger el Premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional.
Majestad, Altezas reales, Excelencias, distinguidos invitados, premiados, damas y caballeros: Es un placer para mi y mis colegas estar con ustedes en esta distinguida ocasión en la hermosa ciudad de Oviedo.
Al conceder este prestigioso premio Príncipe de Asturias de Cooperación Internacional a la Organización Mundial de la Salud, la Fundación Príncipe de Asturias honra dos principios que han guiado de forma sistemática la labor de la OMS: el valor intrínseco de la salud para todas las personas y la importancia de la cooperación internacional para alcanzar beneficios sanitarios.
Los dos van de la mano. La salud es la esencia misma de nuestra humanidad común. Es parte de nuestra naturaleza humana valorar y desear tener una buena salud. Y conviene a todas las naciones construir un entendimiento común de las amenazas e impulsar la buena voluntad a la hora de buscar y compartir soluciones.
Cuando se fundó la OMS hace 61 años, un objetivo central fue la provisión de un mecanismo mediante el cual los países pudiesen trabajar juntos en la búsqueda de una mejoría en la salud. El compromiso para con los principios de equidad y justicia social estaba presente desde el principio.
Este es el núcleo del imperativo moral y ético de trabajar conjuntamente por la salud, por mejorar la vida de las personas más desamparadas. A nadie le debería ser negado por razones injustas, incluidas aquellas de causa económica o social, el acceso a una atención sanitaria que salva vidas.
La necesidad de la cooperación internacional en cuestiones de salud se torna aún más importante bajo las condiciones del siglo XXI. En un momento de interdependencia radicalmente acrecentada entre naciones, los problemas de salud están siendo determinados, por todas partes, por las mismas fuerzas poderosas, creando amenazas universales.
La globalización de unos estilos de vida poco saludables ha impulsado un incremento alarmante en todo el mundo de enfermedades crónicas, como las cardiopatías, el cáncer y la diabetes –enfermedades que ya están presentes tanto en las países ricos como en los pobres. Los cambios en la forma en que la humanidad habita el planeta han impulsado la aparición de enfermedades nuevas y acelerado su propagación internacional.
El clima cambia, con consecuencias profundamente negativas para la salud. Enfermedades mortíferas, como el VIH/SIDA, la malaria y la tuberculosis, no están aún bajo control.
Los avances en la medicina se han acelerado, pero han dejado de lado, a demasiadas personas.
Permítame utilizar, para ilustrarlo, la creciente pandemia de H1N1. La primera pandemia de gripe del siglo XXI se extiende por un mundo donde las diferencias en niveles de ingresos, en condiciones sanitarias, en el acceso a la atención médica y en los recursos sanitarios son mayores que en cualquier momento de la historia reciente.
Cuando el mismo virus llegue a todos los países quedarán en evidencia las grandes diferencias que existen en cada país en el campo de la salud.
La actual pandemia es la primera prueba importante de las IHRs (normas internacionales de salud) revisadas y reformadas, que han servido a la comunidad internacional proporcionándole una forma ordenada y regulada de actuar colectivamente y estamos recogiendo los frutos.
Después de un angustioso seguimiento durante cinco años de la situación de la gripe aviar en Asia, el mundo estaba mejor preparado para enfrentarse a una pandemia, cuando se identificó un virus totalmente nuevo en Norteamérica. El pánico que cundió en el mundo fue problamente mayor de lo necesario.
Hasta la fecha hemos tenido bastante suerte con la evolución de esta andemia. La extensión del virus empezó en países con buenos sistemas de control y notificación. Por primera vez en la historia los científicos pudieron hacer un seguimiento de una pandemia de gripe en tiempo real.
A través de la cooperación internacional, coordinada por la OMS en el marco de las normas internacionales de salud, se ha conseguido poner en común la información, la capacidad de diagnóstico, las cepas de los virus, los kits de ensayo y la experiencia investigadora de manera inmediata y generosa.
Las primeras vacunas contra la pandemia totalmente autorizadas estuvieron disponibles seis meses después de la identificación del virus gracias a los extraordinarios esfuerzos de la industria y de las autoridades reguladoras. Sin embargo, hay aún demasiadas personas en este mundo sin acceso a la vacuna.
Gracias a las donaciones de la industria farmacéutica a la OMS, realizadas en el marco de la cooperación internacional y con un espíritu de solidaridad y justicia, 121 países en vías de desarrollo cuentan actualmente con fármacos antivirales. A partir del mes próximo la OMS empezará a enviar vacunas contra la pandemia procedentes de donaciones a más de 100 países en vías de desarrollo que, de no ser así, no habrían tenido acceso a la vacuna.
La situación no es la ideal, y es preciso mejorar la cooperación y colaboración internacionales para desarrollar mejores defensas y respuestas ante las emergencias y amenazas en el ámbito de la salud pública en un mundo tan interconectado e interdependiente.
Permítanme decir que un mundo con tan grandes desequilibrios en el terreno sanitario no es un mundo seguro.
Al honrar la labor de la OMS, la Fundación Príncipe de Asturias también honra la necesidad de una mayor justicia a la hora de compartir los beneficios de los progresos médicos. Ustedes refuerzan nuestro optimismo. Lo mejor de la naturaleza humana -nuestra creatividad, generosidad y el deseo genuino de ayudar- siempre prevalecerán cuando la salud de las personas está en juego.
Gracias.
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