Víctor Morales Lezcano | Viernes 23 de octubre de 2009
El difunto rey de Marruecos, Hassan II, comenzó a vislumbrar en el arranque del decenio de 1990, la necesidad de abrir la mano en ciertos terrenos de la gobernación directa del Reino (ministerios dichos de soberanía).
La información a través de la prensa fue uno de aquellos terrenos a los que alcanzó la indulgencia, calculada, del monarca durante el período final de su mandato. Ello se tradujo en la proliferación de prensa periódica, particularmente en semanarios de lengua francesa, como Le Journal, Maroc-Hebdo, y La Vie Économique; y también en una serie de periódicos en lengua árabe, tales como Assahifa (El Periódico), Asaba (La Mañana); Al Ittihad Al Ichtiraki (diario de la Unión Socialista). Todos ellos generaron un clima público presagiador del cambio de rey, pero no de régimen, en un Marruecos que daba su primer paso hacia una transición inventable. Y todavía, hoy, pendiente de desarrollo.
Desde hace unos pocos años, algo parecido -al menos formalmente- viene ocurriendo en Argelia. Recuérdese que la “Ley de la concordia civil” en este país fue aprobada en virtud del referéndum que se celebró el 16 de septiembre de hace diez años, a propuesta de Abdelaziz Bouteflika. Con esta operación -entre bonapartista, y a la gran manera del general De Gaulle- Bouteflika ha sorteado, hasta el presente, no pocos de los riesgos políticos que están al acecho en la “tormentosa” sociedad argelina.
Correspondiendo al asentamiento de la Pax Bouteflika en el seno de la república norteafricana, es revelador que frente a periódicos fuertemente oficialistas, -como es el caso de Al Watan (La Patria/ La Nación), hayan ido ganando cuotas de mercado y audiencia amplia, algunos otros como Echourouk (Amanecer), que dirige Mohamed Yacoubi, y Al cavar (Información), algo más veterano que el anterior, y en manos del hábil profesional Cherif Rezki. Si hay ciertos rasgos que caracterizan a estas dos publicaciones periódicas, éstos serían el abrazo argelino a la prensa en lengua árabe, lengua que termina por desplazar al francés -que fue vehículo de comunicación de la época colonial en Argelia (1830-1962)-. E inmediatamente después del anterior, vendría el rasgo de la tónica ¿nacionalista? de estos periódicos, ambos pujantes, en pos de una afirmación del Estado, del Islam mismo, del Establecimiento, en suma, en un país que ha sido vapuleado por extraños y propios, por la antigua metrópoli y por las fitnas (escisiones) internas.
Paradójicamente, Túnez parece no sufrir alteración formal de mayor envergadura en este primer decenio del siglo XXI.
La prensa no es excepción a la ley de la “estabilidad” permanente que impera en el que fuera feudo de Si Habib (Bourguiba) durante treinta años (1956-1986).
A pasos cortos, Túnez se prepara actualmente para la próxima cita electoral del 25 de otubre -nada menos que una cita para adjudicar la presidencia de una república, presidencialista ésta donde la haya.
El general Ben Ali parece no inquietarse ante la concurrencia de los otros cuatro candidatos a ocupar la más alta magistratura de Túnez. Quizá puede preocuparle “levemente” la candidatura de Mustapha Ben Jaafar. A lo que parece, se trata de un probo defensor de los derechos humanos, que cuenta con una plataforma de lanzamiento consolidada -Foro Democrático para la Defensa del Trabajo y la Libertad-. Pero, ¿bastarán la probidad de Ben Jaafar y el respaldo cívico que le sostiene, para concurrir con visos de éxito al monopolio que ostenta el huésped vitalicio que viene ocupando el Palacio de Cartago desde 1987?
Para cerrar estas cuartillas, permítasenos hacerlo con una cita ranciamente lampedusiana: en el norte de África, ça plus change, ça reste toujours la même chose. Los extremos aquí considerados así lo corroboran.
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