Concha D’Olhaberriague | Martes 27 de octubre de 2009
En la localidad griega de Neápolis, al sureste de la península del Peloponeso, anuncian un hotel con vistas a la ciudad sumergida de Paulopetri, bautizada por los lugareños como la Atlántida de Laconia.
Paulopetri es el nombre cristiano de la antigua Elafoneso, la isla de los ciervos, un islote entre Citera, junto a la cual surgió de las aguas Afrodita, y el continente.
En los años sesenta del pasado siglo, un oceanógrafo británico descubrió la urbe hundida en el fondo marino, mas las prospecciones se desatendieron durante cuarenta años. Ahora, la universidad inglesa de Nottingham y el Ministerio de Cultura helénico vuelven a la búsqueda de los restos.
La aplicación de instrumentos tecnológicos ideados para usos militares o petrolíferos a la arqueología subacuática ha permitido, ya, recuperar valiosas piezas de la otra orilla del Mediterráneo. Hace tres años se exhibieron en el Grand Palais de París y luego en Madrid los hallazgos magníficos de los fondos de la bahía de Alejandría. La exposición tenía un carácter doble; junto a las estatuas de Isis-Afrodita en bronce o la monumental del dios Hapi en granito rosáceo, las esfinges o las estelas con escritura jeroglífica, el visitante veía pantallas con películas de los buzos provistos del sonar, ese aparato de máxima precisión, y podía contemplar, en gran medida, el proceso de localización y rescate de las obras, casi irreconocibles por las adherencias marinas hasta la posterior limpieza en tierra.
Todo tiene dimensiones de aventura a lo Verne en esta clase de indagación arqueológica. El equipo de aire escolar que observamos en los yacimientos terrestres habituales, con sus sencillos aparejos, evoca, por contraste, una esforzada y tesonera tarea de artesano.
Lo que anticipan los exploradores, geólogos marinos y estudiosos de Elafoneso es toda una ciudad, la más antigua de entre las engullidas por el ponto homérico, con sus calles, casas, templos, cámaras funerarias excavadas en la roca y sarcófagos, cerámica y otros varios objetos de la vida cotidiana. Los vestigios más significativos van de 2800 a 1200 a.C., aunque hay fragmentos de cerámica muy anteriores.
La joya es, al parecer, la gran sala rectangular o mégaron como los de los palacios de los poemas épicos, Ilíada y Odisea, muchos de cuyos héroes habitaban, precisamente, en ciudades del Peloponeso: Agamenón en Micenas o su hermano Menelao, esposo de la bella Helena, en Esparta.
Tal vez se halle alguna pista acerca del cataclismo que terminó con la civilización micénica y otras, como la hitita en Anatolia, y sumió a los pueblos griegos en una época a la cual, por nuestro desconocimiento, calificamos de oscura.
Más enigmático resulta que se volviera a hablar la misma lengua del mundo desaparecido y, sobre todo, que perviva aún el griego, tras todo lo sucedido en aquellas tierras.
Una cosa es la verdad y otra la razón, decía Unamuno.
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