Enrique Arnaldo | Jueves 29 de octubre de 2009
La experiencia demuestra que no hay nada mejor que ser ex para recuperar la libertad de expresión... y la memoria. A recientes ejemplos me remito, como Pedro Solbes o Jordi Sevilla, pero, quizás porque hace más tiempo que está fuera, ha sido Carlos Solchaga quien ha hablado con más claridad. Desde luego, el navarro tuvo y tiene sus detractores pero nadie duda de sus capacidades y de su férreo control de los asuntos económicos durante los gobiernos de Felipe González, por supuesto con éxitos y con fracasos pero siempre con criterio.
En una reciente entrevista a una de esas publicaciones de glamour que se leen en la “bussines class”, el ex-Ministro Solchaga asegura que Rodríguez Zapatero vive en su “mundo presidencial” y trata a sus Ministros como Secretarios. Le falta añadir que quizás no conozca ni sus nombres y tal vez ni sus caras e incluso es posible que ni siquiera sepa que son Ministros.
Me importa, sin embargo, la primera reflexión: “el mundo presidencial” de Rodríguez Zapatero.
Aunque no define la Constitución española el sistema de gobierno sí sienta las bases de uno parlamentario (obviamente, en una “Monarquía parlamentaria” como dice el artículo 1.3) con un premier o jefe del Gobierno reforzado como ocurre en todos los sistemas parlamentarios de nuestro entorno (Inglaterra, Alemania o Suecia, por ejemplo).
Sin embargo, la lectura presidencialista que está haciendo Rodríguez Zapatero tiene difícil cabida pues concentra en él todos los poderes y facultades al desdibujar a los responsables directos de cada área. Deja de ser el premier para convertirse en el ministro universal y gran hacedor que todo lo sabe, que todo lo controla y que todo lo resuelve mediante sus ucases ocurrenciales.
El equilibrio o balanza propia del sistema parlamentario se desarmoniza en la concentración de los poderes y facultades en una sola mano que se cree investida del favor ciudadano y, por tanto, del monopolio de las ideas y de la acción. Todo ello en medio del aplauso cómplice o temeroso de quienes le rodean y comparten con él migajas de poder. Escribe Karl Loewenstein, discípulo de Max Weber y uno de los grandes publicistas germanos del siglo XX, reflexionando sobre los excesos en que había incurrido la Ley Fundamental de Bonn o Constitución germana aprobada en 1949: “La posición del canciller es tan fuerte que, tanto sus enemigos como sus partidarios, se quejan del desempeño autoritario de su cargo. Por la estabilidad del gabinete se ha pagado, de hecho, un alto precio”.
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