Luis de la Corte Ibáñez | Jueves 29 de octubre de 2009
Más de 150 iraquíes perdían su vida y cerca de quinientos resultaban heridos por efecto de un doble atentado con coche bomba ocurrido en el centro Bagdad el pasado 25 de octubre a pocos metros de dos importantes edificios públicos. Miles de kilómetros más hacia oriente, el 28 de octubre otro vehículo cargado de explosivos era detonado en las inmediaciones de un mercado de Peshawar provocando la muerte a más de 90 personas, incluidas gran cantidad de mujeres y niños. En el plazo de tres días Irak y Pakistán han padecido dos de los ataques terroristas más letales de los muchos que han sido perpetrados en dichos países en los últimos años. Obviamente, estas cosas nunca ocurren por casualidad.
Los recientes atentados acaecidos en Irak tuvieron un precedente cercano en otra operación terrorista que tuvo lugar en Bagdad el pasado mes de agosto, dirigida contra los ministerios de Economía y Asuntos Exteriores y saldada con cientos de heridos y al menos 95 víctimas mortales. Tantos estos ataques como los de octubre fueron reivindicados por el Estado Islámico de Irak, una coalición de grupos insurgentes locales que incluye a la franquicia local de Al Qaida. Por consiguiente, parece que, tras varios años de penalidades y pérdidas infligidas por el Consejo del Despertar (antiguas milicias rebeldes suníes que cambiaron de bando gracias a un pacto con las fuerzas estadounidenses), los seguidores iraquíes de Bin Laden han recuperado parte de su anterior potencial destructivo y su capacidad operativa. Lo sugieren no sólo los elevados daños provocados en los atentados de agosto y octubre sino, sobre todo, la complejidad y dificultad que entrañaban la preparación y ejecución de dichas operaciones. Como se razona en un análisis publicado por la prestigiosa empresa de inteligencia Stratfor, o los autores recibieron ayuda de algunos miembros de las fuerzas de seguridad iraquíes para introducir los explosivos en el centro de Bagdad y atravesar los numerosos puestos de control que salpican la capital y rodean los edificios oficiales atacados, lo cual sería enormemente preocupante, o bien lograron superar todas las dificultades por sí solos, en cuyo caso el riesgo de nuevas acciones similares aún podría ser mayor. Otra señal de peligro la aporta el propio calendario político iraquí. El próximo mes de enero es la fecha fijada para la celebración de las siguientes elecciones parlamentarias y generales. Como aspirantes a representar los intereses de la población suní, los yihadistas temen la posibilidad de que las elecciones de enero den lugar a un gobierno de concentración pactado por consenso entre partidos suníes, chiís y kurdos. Una mayor representación de la comunidad sunní en un nuevo gobierno legítimo de Irak podría significar para la filial de Al Qaida el fin definitivo de los apoyos tribales que tradicionalmente han alimentado su militancia y que le han permitido sobrevivir durante los últimos años. Los atentados indiscriminados, junto con los ataques más selectivos dirigidos contra la población chií, son la única herramienta que los yihadistas pueden emplear para empeorar las relaciones entre las diversas comunidades que habitan Irak hasta hacer inviable la colaboración política entre sus representantes institucionales.
Es esperable, por tanto, que los yihadistas reincidan con nuevos actos terroristas de gran alcance en Irak. Por razones distintas, así viene ocurriendo también en Pakistán. Hablaremos de ello en un próximo artículo.
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