Domingo 01 de noviembre de 2009
Al enviado especial de Estados Unidos para Oriente Próximo, George Mitchell, le espera una tarea complicada. Tiene que convencer al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, de que paralice los asentamientos impulsados por su Gobierno pero que rechazan de plano los palestinos. De hecho, esa precisamente ha sido la condición que ha impuesto Mahmoud Abbas para reanudar las conversaciones de paz. Bien es verdad que las imposiciones no suelen ser el mejor comienzo cuando de una negociación se trata, pero da la impresión de que, en esta ocasión, la razón asiste a los palestinos.
Desde este periódico hemos criticado sin ambages los despropósitos de una organización terrorista como Hamas, que tanto daño está haciendo a la causa palestina. Tampoco hemos estado de acuerdo con la tibieza de Mahmoud Abbas en momentos en los que el pueblo palestino necesitaba de la firmeza de un líder que hasta la fecha no ha demostrado tener. Pero lo que no es de recibo es pretender que el gobierno israelí vuelva a la carga con un tema, el de los asentamientos, tan dudosamente legal como impopular incluso entre muchos de sus compatriotas, para no hablar de los palestinos. En las últimas semanas ni Hamas había hecho ninguna de las suyas, ni la Autoridad Nacional Palestina había tenido ningún desencuentro importante -más allá de las tensiones latentes desde hace más de medio siglo, con las que ambas partes se han acostumbrado a convivir-. De ahí que la postura de Netanyahu potenciando los asentamientos se antoje un sonoro error si lo que realmente se pretende es reanudar un entendimiento con los palestinos tan importante como difícil. Es momento de gestos de buena voluntad, que no de imposiciones y menos de bravuconadas.