Opinión

Liberalismo vernáculo

Enrique Aguilar | Miércoles 27 de febrero de 2008
Es una lástima que la palabra liberalismo esté tan degradada en Latinoamérica. En parte, la culpa es de aquellos liberales que contribuyeron a su degradación al apoyar algunas experiencias que poco o nada tuvieron que ver con ella.


Se alegará el desconocimiento de las fuentes. Es cierto, a una mentalidad oportunista le bastan unas pocas citas, sacadas de contexto como es obvio, de modo que difícilmente se las verá con Adam Smith y su Teoría de los sentimientos morales.


En cualquier caso, lo más grave es haber permitido que se asociara al liberalismo con regímenes de facto o aun con gobiernos constitucionales que, a decir verdad, lo fueron sólo nominalmente. Hasta hubo quienes pensaron –de buena o de mala fe- que presupuestos tales como la división de poderes y la seguridad jurídica nos serían dados por añadidura, de resultas de la apertura económica y las privatizaciones (si así puede llamarse al paso de monopolios públicos a monopolios privados). Invirtieron el orden de prelación o, para decirlo sin ambages, subordinaron las instituciones a sus intereses.


El liberalismo no es una tradición monolítica. Más empirista o más racionalista, conservadora o progresista, contractualista o evolucionista, proclive o no al reconocimiento de libertades positivas, etcétera. Pero hay un común denominador que impide que estas expresiones se multipliquen indefinidamente, a saber: el reconocimiento de que el poder tiene sus límites que están trazados por los derechos individuales.


Hoy la bandera de los derechos y las garantías es enarbolada por otros, pero de manera facciosa. Montesquieu duerme el sueño de los justos y, mientras tanto, nuestros liberales de pacotilla (pues a ellos tan sólo me refiero), desplazados de la escena, beben solitariamente del cáliz de su propia indiferencia.

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