Viernes 06 de noviembre de 2009
Dice una vieja máxima que, en política, peor que hacer las cosas mal es no hacerlas. Un problema no resuelto a tiempo corre el riesgo de enquistarse y de hacerse cada vez más difícil de solucionar. Eso es precisamente lo que está sucediendo con el secuestro del atunero vasco “Alakrana”, cuyos tripulantes llevan más de un mes retenidos por piratas somalíes. Hasta el momento, poco o nada se sabe de las gestiones del Gobierno por llevar a buen término un hecho tan dramático. Entra dentro de lo lógico suponer que las actuaciones de las autoridades españolas lleven aparejada una imprescindible discreción, por cuanto la gravedad de los hechos así lo requiere. Pero lo que está completamente fuera de lugar es el cerrojazo informativo que el Gobierno ha impuesto en todo este asunto.
Siendo grave que se hurte a la opinión pública el conocimiento de lo que allí se está cociendo, lo es aún más el trato oscurantista y carente de toda delicadeza que el Ejecutivo está dando a los familiares de los marineros del “Alakrana”. A la tremenda angustia que supone tener a un ser querido en manos de delincuentes que amenazan su vida se une la inoperancia de un Gobierno que en ningún momento ha sabido estar a la altura de las circunstancias. Y no se trata sólo de algún familiar especialmente nervioso -algo que, por lo demás, sería perfectamente comprensible-, sino que la coincidencia en la falta de información y las malas formas para con ellos es generalizada. Carmen Chacón y Miguel Angel Moratinos, cuyos respectivos ministerios son los más involucrados en todo este desaguisado, son responsables directos de la calamitosa situación actual. Pero junto a ellos cabe señalar a José Luis Rodríguez Zapatero, quien hace ya mucho debería de haber tomado cartas en el asunto personalmente, habida cuenta de la magnitud del problema.
Por otra parte, todo este asunto es un drama anunciado. El gobierno Zapatero nunca ha enfrentado con seguridad y decisión el reto de la piratería. Es verdad que a todos ha sorprendido la temeridad e insolencia de los piratas somalíes. Pero, superado el desconcierto, algunos han sabido reaccionar con firmeza y sin complejos. Francia no ha dudado en lanzar operaciones militares que han terminado en la liberación de los secuestrados y el castigo de los secuestradores. Y se ha apresurado a embarcar efectivos militares en los pesqueros. De un modo u otro, el mensaje de contundencia parece haber sido recibido por los piratas. La política española, por el contrario, parece dictada por el complejo, la duda y la disculpa: una manera de invitar a la agresión. En todo caso, los –pésimos- resultados a la vista están.
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