Opinión

No queremos un mundo dividido: fronteras tal vez, muros no

Juan Federico Arriola | Domingo 08 de noviembre de 2009
“El pensamiento no nos ha sido dado para eludir los problemas, los agudos problemas bicornes, sino al contrario: para citarlos a cuerpo limpio y mancornarlos.” José Ortega y Gasset (Mirabeau o el político)

Yo como los estoicos pienso y anhelo una patria universal. Si las fronteras en particular las geográficas naturales (Pirineos, Río Bravo, Cordillera Andina, Río Oder, Canal de la Mancha) son inevitables, los muros, los horribles muros por supuesto que son evitables.

Conocí el muro de Berlin en 1987 y mi primera sensación fue de náusea sartreana. Toqué el muro desde el lado occidental y desde el oriental escuchaba a los ciudadanos de la DDR (Deutsche Demokratische Republik) decir Grenze (frontera) en vez de llamarle por su nombre Mauer (muro). Conocí el muro que divide Tijuana de San Diego en 2007 y volví a sentir lo mismo que 20 años antes en Berlin, ciudad más impresionante que he conocido hasta ahora. No he ido al Estado de Israel y no me gustaría ver el muro que divide a la población palestina de la población israelí. ¿Por qué la división debe ser con muros grises que han costado tanta sangre? Porque además la frontera actual entre Estados Unidos y México se debe a una guerra imperialista que selló nuestro destino con un Tratado leonino e injusto y que fue impuesto desde Washington: el Tratado Guadalupe-Hidalgo en 1848.

El planeta Tierra es nuestro hogar y no deberíamos sentirnos extranjeros y por tanto ajenos a los demás seres humanos que habitan en otras latitudes y que tienen otras costumbres, climas, lenguas y reglas jurídicas. Es verdad de que en España nunca me he sentido extranjero aunque jurídica y políticamente lo sea, en cambio, en Estados Unidos siento el peso de ser extraño al primer segundo que he estado en territorio estadounidense. Ellos se apropiaron del término América y nos expulsaron a los demás americanos de sentirnos orgullosos de ser americanos en el sentido más estricto, feliz y justo. Soy americano de lengua española, de un país con problemas económicos severos, pero que no somos moralmente inferiores a Estados Unidos y Canadá y menos en derechos humanos, asignatura que tiene reprobada nuestro vecino norteño desde hace décadas.

En la Unión Europea se mantienen los Estados nacionales pero el libre tránsito entre sus miembros es una realidad. En cambio el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Canadá, Estados Unidos y México) es una realidad que unió a los países en algunos temas comerciales. En el colmo del surrealismo, las mercancías de México hacia Estados Unidos y Canadá –desde hace cuatro meses también Canadá nos exige visa para entrar- pueden pasar sin mayor problemas, las personas quizá sí, quizá no. Los muros subsiste y con ellos la estupidez humana de construir Estados como si fuesen propiedades privadas de la clase dominante.

Las fronteras naturales son inevitables, pero aún así son vencibles, en cambio los muros construidos por los caprichos de los poderosos ocupan un lugar visible en la historia de la estupidez humana. El sueño estoico como el sueño de Bolívar son utopías bellísimas.

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