Opinión

El muro de Berlín, de Kennedy a Reagan

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 09 de noviembre de 2009
Mucho se ha escrito y comentado estos días sobre la caída del Muro de Berlín, hace ahora veinte años, el 9 de noviembre de 1989. Se puede afirmar que no hay otra fecha tan decisiva e importante en la historia moderna de Alemania, pero también en la de Europa entera e incluso en la del mundo. Pero apenas se ha recordado cómo y por qué se levantó esa monstruosa muralla, la primera que se ha construido en la historia del mundo, no para evitar que entren los de fuera sino para impedir que se marchen los de dentro. Por algo ha merecido también el nombre de “muro de la vergüenza”.

Tras la división de la Alemania derrotada en cuatro zonas -asignada cada una de ellas a una de la Cuatro Potencias (EE UU, URSS, Reino Unido y Francia)- Berlín recibió un régimen especial, sometido directamente a esas Cuatro Potencias, sin formar parte oficialmente de las cuatro zonas y con plena libertad de circulación entre lo que más tarde habían de ser “los dos Berlines”. Rodeada la ciudad por todas partes del territorio de la zona soviética, Stalin hizo cuanto pudo para hacer muy difícil la presencia de los occidentales en Berlín, con el propósito de que se vieran forzados a abandonarla. En 1948 el dictador comunista impuso el bloqueo terrestre de la ciudad, pero Truman respondió con la gran hazaña del Puente Aéreo de Berlín, para abastecer a la ciudad y Stalin tuvo que tirar la toalla al año siguiente. Fue entonces cuando se constituyó la República Federal Alemana y, poco después, la República Democrática Alemana. Cualquier esperanza de reunificación parecía en aquel momento un sueño utópico e irrealizable.

Pero las tensiones entre occidentales y comunistas prosiguieron, así como el éxodo continuo de alemanes orientales que, por y desde Berlín, apostaban por la libertad y la prosperidad de la Alemania occidental. En 1959 huyeron de la Alemania comunista 120.000 personas y al año siguiente la cifra subió hasta más de 180.000. El líder soviético Kruschov y el gerifalte comunista alemán, Walter Ulbricht, preocupados por esa sangría decidieron dejar de acosar a los occidentales en Berlín, pero impedirles el acceso y la comunicación con un Berlín oriental cerrado y aislado. Ulbricht descubrió sus intenciones cuando a mediados de 1961 dijo, mentirosamente, que “nadie tiene intención de construir un muro”. Pero unas semanas después, en la noche del 12 al 13 de agosto, los dos Berlines quedaron aislados con alambradas y, poco después, con un impresionante muro. Las comunicaciones entre ambas partes por metro, tren…etc. que hasta entonces habían sido libres quedaron definitivamente interrumpidas. Para sorpresa de los alemanes occidentales, Kennedy, presidente de los Estados Unidos desde enero de aquel mismo año -y que poco antes había dicho “no podemos permitir y no permitiremos que los comunistas nos echen de Berlín ni gradualmente ni por la fuerza”- no hizo nada para impedir este acto soviético que rompía flagrantemente los acuerdos firmados por las Cuatro Potencias. Dos años, después Kennedy visitó Berlín y pronunció un bello discurso del que ha pasado a la historia una frase ya célebre: “Ich bin ein berliner”. Todo quedó en la frase.

Los alemanes nunca entendieron la actitud de los Estados Unidos. Como recuerda en un libro reciente (The Rebellion of Ronald Reagan. 2009) un periodista americano, James Mann, “Algunos residentes del Berlín occidental, incluidos algunos de los más prominentes vecinos de la ciudad, quedaron consternados por la pasividad americana”. Y señala que uno de ellos fue el alcalde la ciudad, Willy Brandt, que había estado al lado de Kennedy durante el discurso. Hace sólo unos años, en 2005, Egon Bahr, asesor de Willy Brandt, confesaba al citado autor que el líder alemán envió una airada protesta a Kennedy. Bahr le comentó a Mann: “Nadie nos ayudó…Este maldito muro fue el principio de nuestra convicción que éramos nosotros mismos quienes teníamos que hacernos cargo de los intereses alemanes”. Ahí están los orígenes de la Ostpolitik, que el mismo Brandt, ya como canciller, lanzó algunos años después. Eberhard Diepgen, que en 1961 tenía veinte años y que ha sido dos veces alcalde de Berlín (del occidental y del reunificado) y es miembro de la CDU, hoy liderada por Merkel, le declaraba al mismo Mann: “No soy un gran fan de Kennedy…Con sus políticas creó básicamente el problema del Muro. Cuando limitó las garantías americanas, que inicialmente incluían a todo Berlín, a la parte occidental de la ciudad, hizo políticamente posible la construcción del Muro”.

James Mann valora, por el contrario, muy positivamente el papel de Ronald Reagan en la caída del Muro y recuerda su visita a Berlín en junio de 1987 y su discurso ante la Puerta de Brandeburgo en el que incluyó un párrafo de enorme impacto: “Secretario General Gorbachov, si usted busca la paz, si busca la prosperidad para la Unión Soviética y la Europa oriental, si busca la liberalización: ¡Venga aquí a esta Puerta! ¡Señor Gorbachov, abra esta Puerta! ¡Señor Gorbachov, señor Gorbachov, tire abajo este Muro!”. Poco antes Reagan había visitado a Juan Pablo II, a quien atribuía un papel esencial en la descomunistización de Europa. El 19 de enero de 1989 fue el último día de Reagan en la Casa Blanca. Ese mismo día, Honecker, líder comunista alemán, que siempre que se refería al Muro lo denominaba “barrera protectora antifascista”, se atrevió a decir que el Muro de Berlín “existirá dentro de 50 años, e incluso dentro de 100 años”. Menos de diez meses después el Muro caía, por el empuje del pueblo alemán y gracias a unos líderes que, contra viento y marea, tuvieron las ideas muy claras: Reagan, Kohl, Bush padre y Gorbachov. Las dificultades que los cuatro tuvieron que superar constituyen una apasionante historia.

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