Concha D’Olhaberriague | Martes 10 de noviembre de 2009
Muchos han sido los artículos que se han dedicado a Francisco Ayala con motivo de su muerte y en este caso, creo yo, los elogios no resultaban impostados sino sentidos por quienes los proferían.
Francisco Ayala era, por encima de todo lo que se ha dicho, una persona caballerosa, alegre y lúcida. Ya no diré un señor, pues el uso abusivo que se ha generalizado de este vocablo lo ha dejado desbaratado en la acepción enaltecedora. Ahora se habla de los señores de Eta o de Al Quaeda con gran tranquilidad.
Su alegría nacía, paradójicamente, de la lucidez, seguramente, de no pedir a la vida nada inalcanzable siendo, como era, muy exigente consigo mismo, y de tomar los embates entre las gentes como algo con lo que más nos vale contar y convivir como buenamente podamos.
En Radio Nacional, han vuelto a emitir un programa magnífico, grabado con motivo de su centenario. Resumo, a vuela pluma, algunos de sus certeros comentarios: el poder es obligatorio. No se puede vivir sino afirmándose, y al hacerlo se invade la vida del otro. Es el hecho de la vida.
Cuando no le gustaba lo que oía -dice- se callaba, no arremetía. Su posición, más de defensa que de combate fue la liberal. Sobre Ortega y Gasset: era un hombre abierto y veía los nuevos movimientos con curiosidad.
Cuando se le pregunta por qué ha querido vivir tanto responde que uno se resiste a morir. Merece la pena reírse, afirma. A la pregunta del periodista Manuel Ventero, acerca de su candidatura, por dos veces, al Nobel contesta sereno y sincero que la propuesta se hizo sin su anuencia. No obstante, de habérsele concedido, no lo habría rechazado. La actitud de Jean-Paul Sartre le parece vanidosa en extremo.
Algunos rasgos de su personalidad eran admirables e inactuales. Uno condensa su carácter y su talento: la buena educación. Al leer sus memorias, Recuerdos y olvidos, me llamó la atención su desagrado por los malos modales del profesor de lenguas clásicas Julio Cejador Frauca, quien, cosa insólita entonces, tuteaba a los alumnos y gastaba bromas de mal gusto a las chicas. Ayala se cambió de carrera para no sufrir a una persona tan burda.
No había en él ni asomo de sectarismo. En un país donde la proximidad a un bando o la distancia del otro se agita como pendón amenazante o se acerca cual cepillo de retribución debida, Ayala no ajustó cuentas a nadie ni pidió resarcimiento alguno. Y en esto era, salvo habas contadas, una excepción.
Su aspiración fue –según confesión propia- la de hacer lo que su conciencia le dictaba. Y creía no haberse equivocado en ello.
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