Opinión

Semblanza del autoritarismo

Enrique Aguilar | Miércoles 11 de noviembre de 2009
En una página de sus Souvenirs, Alexis de Tocqueville dejó un retrato memorable de Luis Napoleón Bonaparte que me permito reproducir parcialmente presumiendo que el lector de El Imparcial no me reprochará la extensión de la cita:

“… Confiaba en su estrella. Se consideraba firmemente como el instrumento del destino y como el hombre necesario […] En materia política, el rasgo característico y fundamental de su espíritu era el odio y el desprecio de las asambleas […] su inferioridad en la discusión le hacía bastante penoso, en general, el contacto con los hombres de talento. Por otra parte, deseaba, ante todo, encontrar la devoción a su persona y a su causa (como si su persona y su causa hubieran podido hacer brotar aquella devoción). El mérito le molestaba, a poco independiente que fuese. Necesitaba creyentes en su estrella y vulgares adoradores de su fortuna. Era imposible, pues, acercarse a él, a menos de atravesar un grupo de servidores íntimos y de amigos particulares […] Ese es el hombre a quien la necesidad de un jefe y el poder de un recuerdo habían puesto a la cabeza de Francia...”

Cada vez que releo esta semblanza no puedo evitar asociarla con otros tiranuelos que circulan aún por el mundo, particularmente en Latinoamérica. Es que, si bien se mira, cada uno de los rasgos que la componen sirven para definir de algún modo un arquetipo que quizá sea tan viejo como la humanidad: arrogante, mesiánico, populista (menos por amor al pueblo que por afán de granjearse su aclamación), refractario al diálogo y al consenso. Como Robespierre, nuestro personaje es partidario de la división del poder mientras éste no le pertenece. En cambio, una vez instalado en su cargo, nunca se dejaría engañar “por ese artificio”. Mandón por naturaleza, no admite el menor desafío a su autoridad. Por cierto que desprecia las asambleas, salvo que sirvan para refrendar sus decisiones. La independencia de criterio es para él asimilable a la traición y a sus supuestos consejeros, por tanto, no les cabe otro epíteto que el de alcahuetes o cómplices. A la postre, su verdadero enemigo, diría Kundera, es “el hombre que pregunta”, que “rasga el lienzo de la decoración pintada, para que podamos ver lo que se oculta tras de ella”. De ahí que nuestras autocracias compartan con los totalitarismos el hecho de que en ellas las respuestas estén siempre dadas de antemano.

Escribió también Tocqueville en sus Recuerdos que el mundo es “un extraño teatro” donde eventualmente “las peores piezas son las que alcanzan mejores triunfos”. Quiera Dios que no nos embargue el mismo pesimismo que agobió al pensador francés y que sepamos revertir este sino que nos tiene atrapados entre gobiernos que no saben de límites y sociedades paralizadas.

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