Los Lunes de El Imparcial

José Manuel Cuenca Toribio: Teorías de Andalucía. La identidad andaluza. Visiones y autores

crítica

Jueves 12 de noviembre de 2009
Vertida en odre nuevo nos llega parte de la cosecha del profesor Cuenca Toribio que el tiempo va añejando. Han sido feraces las fanegas dedicadas al estudio sobre su tierra de nacencia y actual de docencia; cuatro décadas de publicaciones, más alguna anterior de meditación, en que el autor ha dado a la luz numerosas monografías sobre el meridión hispano, ahora completadas con Teorías de Andalucía, que recoge visiones de la identidad andaluza por parte de dieciocho autores –tres no son españoles (Alfonso Reyes, Rubén Darío y Gerald Brenan) y sólo dos son andaluces (Antonio Domínguez Ortiz y José María Pemán), aunque de muchos otros se rastrea su ascendencia o vínculos sureños–, precedidas por unas páginas sobre la “Visión de Andalucía. Mito y realidad”. En éstas, se agrupan las distintas teorías que han interpretado o condicionado la propia existencia del andaluz para concluir que cada una de ellas ha aportado algo a la multiplicidad de imágenes que definen su forma cultural y que lo importante es estudiar en qué medida esos supuestos rasgos caracterizadores no son superfluos o cosméticos, sino que han condicionado, y lo siguen haciendo, el acontecer de una tierra y el actuar de sus gentes.

Ya enfrascado en el estudio de las dieciocho visiones anunciadas, del humanista Alfonso Reyes –buen conocedor de Sevilla– destaca el autor su prelación respecto al grupo poético del 27 en el redescubrimiento de Góngora, también el vínculo más explícito de Dámaso Alonso con las letras andaluzas, aunque el poeta y sabio madrileño historió y criticó asimismo la vida y obra de otro cordobés como el baenense Luis Carrillo de Sotomayor y de vates sevillanos como Andrés Fernández de Andrada o Francisco de Medrano. Precisamente, Rubén Darío, quien tres siglos después que Góngora encabezaría la otra gran revolución de la poesía hispánica, visitó Córdoba, además de Málaga, Granada, Sevilla y Algeciras entre 1903 y 1904, en un periplo en que tanto la historia y el arte como el paisaje –sobre todo el sol– potenciaron en su alma y en sus versos el gusto por lo oriental. Esa importancia del paisaje lleva a que la sierra de Cádiz o el campo de Jerez alcancen protagonismo máximo en las obras de creación o crítica de los hermanos de las Cuevas y Velázquez-Gaztelu (José y Jesús), sobre todo, a través de su flora y geografía vitícola y de su fauna principalmente ornitológica.

Las teorías de los distintos autores considerados por Cuenca Toribio van discurriendo por el paisaje físico y psíquico andaluz, a cuyo carácter urbano Caro Baroja dedicó extensas consideraciones, desde Tartesos a las ciudades-aldea o agrociudades, pasando por Roma o el Islam. Entre ellas, sin duda, destaca la Granada –aunque también Almería y Málaga– de Gerald Brenan, en que la sociedad sobrepuja el Estado, y uno de los escenarios estudiados por Claudio Sánchez Albornoz. El historiador abulense exagera en algo sus críticas al período musulmán, y subraya en todo caso que, lejos de ser influida, Andalucía fue “conquistadora de sus dominadores”, en una versión hispana de los versos de Horacio en su Epístola a Augusto (2, 1, 156-157). En la laudatio de Emilio García Gómez durante su investidura como doctor honoris causa, se asevera que el arabista madrileño trazó “la más completa visión de Andalucía debida a una pluma egregia” (pág. 81). La misma solemnidad académica respecto a Antonio Gala –naturalizado andaluz habiendo nacido en Brazatortas (Ciudad Real)– y Antonio Domínguez Ortiz sirven a Cuenca Toribio no sólo para teorizar sobre el andalucismo de estos autores, sino también para reflexionar en voz alta sobre la función y ser de la Universidad desde la cátedra de una entonces recientemente instituida, que, en este último caso, acogía en su seno a quien se jubiló como catedrático de enseñanza secundaria. La Universidad de Córdoba secundó así a la Real Academia de la Historia que, cuando se le negó plaza universitaria al sabio sevillano, reparó la injusticia eligiéndole numerario en enero de 1973.

En la búsqueda de los sustratos, Pemán –en cuya alma “como en ningún otro escritor de su tiempo resonó Andalucía” (pág. 123)– reconoce una esencia andaluza más romana que islámica, mientras que la imagen de Andalucía se forja para Laín Entralgo en la protohistoria de la región; la gracia, la pobreza y la injusticia con que convive este pueblo generaron en el humanista turolense páginas de reflexión sobre la filosofía de sus gentes. Por su parte, Salvador Pániker expone una visión desmitificadora, con esencias paganas, de la Semana Santa andaluza, quizá el último gran espectáculo barroco que nos queda, y Josep Pla deriva hacia el tópico, consecuencia tanto de un escaso conocimiento racional como de una limitada vinculación cordial con lo andaluz.

Decisivas para la historia de España aparecen las Andalucías de Julián Marías y Gregorio Marañón. Para el primero, es sobresaliente el protagonismo de la región respecto a América, y para el segundo, hijo de gaditana, su solar materno es cuna, con su Constitución, del contemporaneísmo español. Junto a este tema, Marañón estudió médica y literariamente las raíces y copa del donjuanismo hispalense troquelado por el burlador de Tirso de Molina y universalizado por Zorrilla.

Más marcados por lo político se encuentran los acercamientos de hombres como Azaña o Cambó. Del primero, se subraya su relación con Valera y Ganivet y con otros políticos republicanos andaluces, así como sus actuaciones políticas (reforma agraria y el drama de Casas Viejas), mientras que las alusiones del segundo se limitan, por un lado, a la rémora que para él suponía el provincianismo a la hora de constituir un pleno movimiento regionalista y, por otro, a su admiración por la gracia espontánea de la sociedad más baja.

Se ven en la obra de Cuenca Toribio, pues, teorías de Andalucía escogidas entre su vastedad de lecturas, analizadas con inteligencia y expresas con elegancia, más una teoría subyacente, la del propio autor, que se percibe a veces por refrendo y en ocasiones por contraste. Los años transcurridos desde su primera edición sirven para enfrentarse de nuevo, en tiempos actuales de revisión e incertidumbre, a dieciocho visiones explícitas más una elíptica, que nos llegan envueltas en el caudal lingüístico y cultural del autor, siempre anchuroso y profundo, como Andalucía.

Por Jaime Olmedo

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