Víctor Morales Lezcano | Viernes 13 de noviembre de 2009
Esta primera semana de noviembre ha sido en Afganistán un órdago constante, desde el principio hasta el final.
Para empezar, recuérdese que el contrincante electoral del actual presidente de Afganistán -Dr. Abdullah- ha terminado por “tirar la toalla”, el día 1 de noviembre, al suelo del reñidero que venía compartiendo con Hamid Karzai.
No es fácil averiguar las razones que han inducido al contrincante a retirarse de la contienda electoral en aquel país. ¿Convicción profunda de que la manipulación del voto es inerradicable en Afganistán por el momento? ¿Percepción personal de una derrota casi segura en segunda vuelta, pero sustentada paralelamente por oráculos internos, entre los cuales el ministro afgano del Interior -Hanif Atmar- y David Axelrod, veterano consejero de Barack Obama?
Muchos factores, por tanto, se han concitado en esta ocasión para conducir al Dr. Abdullah por la senda de la renuncia a emprender un combate inútil, en una causa perdida de antemano.
Ante esta inesperada novedad, la administración de Obama ha deslizado advertencias muy nítidas a las 48 horas de confirnarse que Karzai quedaba en solitario como el único candidato a la presidencia del gobierno afgano. Advertencias tales como que Karzai debe de demostrar voluntad regeneradora en el país de los señores de la guerrilla endémica, y del tráfico obstinado de opiáceos y de armas. Los portavoces de Obama se han referido indirectamente a lo que es un secreto a voces en la arena internacional. De una parte, que hermanos y allegados íntimos de Karzai, se encuentran instalados en el núcleo mismo de los mencionados tráficos indignos; y de otra, que el papel de “perro de la guardia” que viene protagonizando el general Abdul Rashid Doltum, tiene que conocer un límite, cuando no un cese definitivo, en las competencias que le ha asignado el gobierno de Kabul a tal represor.
La ronda de advertencias políticas al peor Karzai ha culminado el viernes 6 de noviembre, cuando el primer ministro de Gran Bretaña se refirió en detalle (dirigiéndose a una audiencia constituida por oficiales del ejército británico) al grado de corrupción de que ha venido dando pruebas sobradas el gobierno de Kabul durante los años de su mandato oficial.
Brown fue severo en sus alusiones a Karzai y en la formulación de sus recomendaciones, dirigidas todas al enderezamiento de la práctica de buen gobierno en Afganistán. Para tranquilizar, empero, a Washington D.C., Brown añadió al final de su alocución que Gran Bretaña no renunciará a sus compromisos con Ultramar (USA, OTAN), porque “si la insurgencia talibán triunfa en Afganistán, Al Qaeda volverá a cruzar la frontera y se restablecerá en los santuarios de Afganistán desde los cuales planeará y lanzará sus ataques sobre el resto del mundo”.
La advertencia severa del primer ministro a Karzai (¿dará ésta algún resultado visible y palpable?) fue redondeada con el compromiso renovado de la tácita alianza anglo-americana. As usual.
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