Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 13 de noviembre de 2009
El viejo político de centro Alberto Oliart ha sido designado desde el consenso entre el Gobierno y el PP nuevo Presidente de Radio Televisión Española. Lo que más ha sorprendido a los medios de comunicación no ha sido ni el consenso ni la sólida carrera profesional del elegido, sino su edad, 81 años, y la circunstancia de que naciera dos años antes del invento de la televisión. Es lógico. En una sociedad que ríe las gracias, desde la propia escuela y la miserable filosofía educativa actual, del desparpajo del adolescente ignorante, engreído y zafio, la combinación de edad avanzada y sabiduría como fulcro para el salto a un importante cargo administrativo debe resulta una blasfemia; civil, por supuesto. Aquí, en esta nueva época de barbarie y ordinariez, “la” juventud es el mérito, aunque tal circunstancia involuntaria no evite que dicha juventud no sepa nada ni sepa hacer nada, como comienza a ser el caso. En donde se premia y aplaude la insolencia juvenil ignara, no se puede esperar que se alabe la sabiduría largamente acrisolada por los años. Cuando precisamente la vejez, en el hombre que ha sido capaz y trabajador, representa el alambique más precioso de las mejores esencias de tal individuo, su mejor tesoro y testamento. Aunque hay que reconocer que en el caso del tonto que llega a la vejez, la edad tampoco puede arreglar la naturaleza. Éste no es el caso precisamente de Alberto Oliart. Porque ser viejo no equivale a ser respetable, aunque para algunos viejos idiotas sea simplemente un pretexto magnífico para ser respetable. Y es pecado, sin fácil absolución, el olvidar ese pretexto para transformarlo en egoísmo. Si el Artículo 14 de nuestra Constitución afirma que todos los españoles somos iguales ante la Ley por encima de cualquier condición o circunstancia personal, parece lógico entonces pensar que la edad no es un mérito ni un demérito.
El secreto soteriológico del viejo no es disfrazarse patéticamente de joven, sino conservar la curiosidad por la vida. Nada da la medida de la verdadera edad del hombre como su curiosidad. La expresión genuina de la vitalidad, no es la fuerza física ni el ímpetu erótico, sino la curiosidad. En el adolescente y el joven la eficacia futura puede predecirse – lo sabemos bien los profesores – por la curiosidad con que se asoma a la vida y al misterioso mundo del saber. El ser curioso es lo contrario de ser frívolo y de ser un animaluco que habla con desparpajo e impertinencia ante un auditorio – lo que ahora sufrimos con beneplácito de lo políticamente correcto -. Y así como el abandono de los deberes depende de la frivolidad, su cumplimiento, el cumplimiento del deber y de esa forma suprema de sentir lo que es inventar el deber nuevo, nace de la curiosidad. Mientras la curiosidad se mantiene viva, no sólo está el espíritu alerta y gozosamente joven, sino que se cumple rigurosamente la misión específica del inevitable ocaso, que en el ocaso como en cada edad, hay que cumplir. Cuando la curiosidad se pierde ( y jóvenes ya la han perdido ), la decrepitud nos invade, como un anticipo de la muerte. Pero para el hombre curioso cada día trae su afán, y en la búsqueda de ese afán está la juventud. En el marco de la gran Literatura Universal, Fausto es el símbolo del mal viejo por antonomasia. Ya en los inicios de la obra, magníficamente comentada por el desaparecido Francisco Ayala – otro joven con curiosidad vitalicia – Fausto nos aparece agitado, perturbado, apartando con un gesto de repugnancia sus libros de filosofía, de jurisprudencia, de medicina, de teología y exhalando este típico lamento: “Al fin me doy cuenta de que nunca podremos saber nada”. Quiere esto decir que Fausto había perdido su curiosidad; y por eso se hunde en el laberinto de la ineficacia, que es la magia, que es la decrepitud. Yo veo todos los días decenas de jóvenes más viejos, infinitamente más viejos que Alberto Oliart.
TEMAS RELACIONADOS: