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La doble velocidad de la integración comunitaria

SÓLO EL 43% DE LOS EUROPEOS TIENE UNA BUENA IMAGEN DE LA UE

Viernes 13 de noviembre de 2009
Mientras en Bruselas se libra una encarnizada lucha diplomática por la presidencia del Consejo Europeo y la cartera de Asuntos Exteriores, en el seno de la Unión se está desarrollando otra batalla clave, la de la identidad europea. Sin una política clara al respecto y con el auge de euroescépticos y regionalismos, el sentimiento europeísta entre la ciudadanía es el gran olvidado en la construcción de la Europa del siglo XXI por los ‘arquitectos’ del proyecto comunitario.

Los éxitos económicos cosechados por la Unión Europea en los últimos años no logran hacer olvidar el escaso interés que ha puesto Bruselas en las políticas sociales para fomentar el sentimiento de identificación con la Unión. Los europeos observan desde la distancia, a mitad de camino entre el desinterés y la desconfianza, a las instituciones comunitarias que les representan y demandan más protagonismo de éstas en su día a día. Según, Enrique Guerrero, diputado del Grupo socialista en el Parlamento Europeo, “la UE está abocada a que la gente tenga una identidad nacional labrada durante siglos y, poco a poco, una europea”.

En los últimos meses, Bruselas ha reclamado un mayor compromiso por parte de los países miembros para poder sacar adelante el Tratado de Lisboa, que cuenta entre sus grandes objetivos simplificar la toma decisiones comunitarias, a la vez que se olvidaba de que son los ciudadanos, como pieza clave de la construcción europea, los principales valedores de toda iniciativa común.

El rechazo en 2005 de franceses y holandeses al proyecto constitucionalista puso de manifiesto que la UE va a una velocidad y en una dirección distintas a las de sus ciudadanos. Fueron necesarios 41 años, desde el Tratado de París de 1951, para que la UE, tal y como la conocemos hoy en día, cobrara forma. Los mandatarios europeos, desde la cumbre de Maastricht en 1992, han firmado sólo un tratado menos que en las cuatro décadas anteriores.

El eurodiputado popular, Íñigo Méndez de Vigo, afirma que “somos europeos sin saberlo”, en referencia a los beneficios que obtienen los ciudadanos al ser miembros de la UE sin ser realmente conscientes de ello. “A la Unión Europea le falta un ideal movilizador que es, sobretodo, una labor de los políticos” añade Méndez de Vigo, quien cree que, al ciudadano de a pie, “le es difícil entender el proceso legislativo, ya que está enfocado a los encuentros de alto nivel”.

Los 27, cuando arrecian con más fuerza las voces euroescépticas, carecen de un programa social serio que fomente la identidad europea. Cada vez es más evidente que la Unión necesita una importante ‘operación de marketing’ para venderse a sus propios ciudadanos. “No hemos sido capaces de explicar a la gente hasta qué punto la vida de los ciudadanos depende de las decisiones que se tomen en las instituciones comunitarias” afirma Guerrero. Los niveles de desconocimiento entre la población europea acerca del funcionamiento, organización, composición y objetivos de la UE son alarmantes.

Desinterés y lejanía

Uno de los ejemplos más palpables de esta falta de sintonía con los ciudadanos es el difuso papel del Parlamento Europeo. En este sentido, Méndez de Vigo indica que Estrasburgo es “una Cámara de consenso más que de conflicto y existen muchos mitos sobre ella”. El eurodiputado popular añade que “al Parlamento le cuesta llegar al europeo porque el beneficiario de sus decisiones es más general que en las cámaras nacionales”.

El Parlamento Europeo es el único organismo comunitario elegido directamente por los ciudadanos y, al mismo tiempo, un gran desconocido. La Eurocámara ve cómo su papel legislador queda muy limitado por la burocratización a la que se ve sometido y la poca repercusión mediática que reflejan los medios de comunicación.

Es significativo que cerca del 80 por ciento de los europeos no sepa qué es o para qué sirve la Comisión Europea o qué promulga el recientemente ratificado Tratado de Lisboa. Según los datos reflejados en el último Eurobarómetro, sólo el 52 por ciento de los ciudadanos de la UE cree que la pertenencia de su país a la Unión es positiva. En este mismo sentido, cuatro de cada diez europeos no confían en las políticas de la UE y sólo el 43 por ciento de los encuestados afirma tener una imagen positiva sobre la Unión.

Pero, en medio de esta desazón europeísta, se deben analizar cuáles han sido los errores cometidos por Bruselas para que los ciudadanos consideren a la UE una realidad demasiado lejana.

El desinterés y la distancia con que el ciudadano vive la realidad europea tienen como principal motivo la sensación de una falta de participación en las decisiones comunitarias. María Isabel Álvarez, profesora de Derecho Constitucional de la Universidad Pontificia de Comillas, apunta “a la falta de percepción de la labor de las instituciones comunitarias y al creciente alejamiento entre éstas y la población” como dos de los grandes obstáculos al sentimiento europeísta. En este sentido, la falta de relación entre los ciudadanos y sus representantes directos, los eurodiputados, ejemplifica este distanciamiento entre ambas realidades.

Por otro lado, el continuo proceso de ampliación en el que vive la UE hace que la identidad comunitaria se reinvente constantemente haciéndola cada vez más difusa. Si bien Bruselas ha apelado tradicionalmente a unos elementos comunes para despertar ese sentimiento, la constante expansión de la Unión, en especial hacia los países del antiguo bloque soviético, ha hecho que los ciudadanos europeos duden a la hora de encontrar elementos lingüísticos, culturales o étnicos comunes a los que aferrarse para nutrir el espíritu europeísta. En este sentido apunta la profesora Álvarez al señalar que “el principal problema de la Europa actual es la heterogeneidad entre sus ciudadanos, cuesta encontrar elementos históricos o culturales comunes, por ejemplo, entre los países nórdicos y los mediterráneos”.

Globales pero cuidando lo regional

Lo que sí parece claro es que Europa necesita reflexionar detenidamente sobre qué camino tomar. De seguir en esta línea, la UE podría acabar convirtiéndose en una alianza supranacional sin un respaldo popular sólido disfrazada de proyecto paneuropeo. Por el contrario, si Europa quiere ser una realidad política y social a todos los efectos necesita gestionar mejor su mayor activo, los ciudadanos, ya que son éstos los que dotan de verdadera validez al proyecto comunitario.

Parece primordial que la identidad europea se forje más en las calles y no tanto en los despachos. Méndez de Vigo apunta “al desarrollo de una labor pedagógica común” para poder crear un sentimiento europeísta como una de las posibles soluciones. Guerrero añade que “la creación de una opinión pública comunitaria y unos medios de comunicación comprometidos” se intuye indispensable a la hora de construir esa identidad.

La consolidación de un espíritu europeo entre los ciudadanos lograría dotar de una plena identidad a la UE y asentarla como uno de los principales focos del liderazgo mundial. La Europa de los 27 debe ser capaz de aunar, al mismo tiempo, unos objetivos comunes en un escenario internacional cada vez más complejo cuidando, a su vez, la personalidad regional que la compone. Pasar de ser una suma de intereses a buscar el interés común.