Opinión

Julio Cortázar. Los secretos de una biblioteca

Concha D’Olhaberriague | Martes 17 de noviembre de 2009
El saludo de Internet suele ostentar un tono pavoroso. Por lo común, la página inicial de nuestro servidor de correo nos propone un menú que oscila entre seres monstruosos o dolientes tales como una pobre criatura de aspecto frágil, aquejada de un angustioso e imparable ataque de estornudo, con grabación incluida; canallas de la más baja estofa; faquires cuyo estómago almacena docenas de clavos; restaurantes donde se cocina carne de perro y de gato ofrecida luego bajo otro marbete y qué se yo cuántas extravagancias y pornografías más. Los ejemplos no son imaginarios. Los vi la última vez que conecté mi portátil.

Hace algún tiempo se introdujo entre nosotros la voz inglesa “freaky”, que hoy goza de muy buena salud. Faltaba un término internacional para aludir a tan variopinto repertorio. Ahora ya está asimilado y se ha convertido en friki.

La Red, por fortuna, permite seguir adelante, leer la prensa, componer una revista a la carta y otras varias posibilidades. A veces, tras la faz estrafalaria de la época, nos depara sorpresas muy estimables. El pasado viernes, la sección de cultura del diario ABC anunciaba una exposición inédita y virtual de la biblioteca personal de Julio Cortázar. Los organizadores son la Fundación Juan March de Madrid, propietaria del legado por deseo de Aurora Bernárdez, viuda del escritor argentino, y el Instituto Cervantes.

Lo más notable y atractivo es, tal vez, la forma de presentar la colección. El visitante puede ver los ejemplares dedicados, aquellos que tienen un formato singular o llamativo, los que están firmados y los que contienen objetos.

Pero, sobre todo, tiene la oportunidad de descubrir las glosas, subrayados y anotaciones de lectura de Julio Cortázar en muchos de sus libros. Tras echar un vistazo al índice, me fui enseguida a este apartado y la incursión no me defraudó. Hay en ello algo de indiscreto, de modesto placer prohibido. Pensé en curiosos comentarios hallados por mí en algunos libros de segunda mano o de bibliotecas, aunque, en esta ocasión, las intimidades desveladas eran de alguien conocido, sorprendido en plena y animada lectura. Me llamó la atención el comentario anotado al pie de la última página de una edición de Losada de Águila de blasón de Valle-Inclán, el mejor trágico del siglo XX en la literatura peninsular, a mi juicio. No entiende Julio el título de Comedias bárbaras dado por el escritor gallego a esta serie y escribe locuaz: “Enorme y triste parodia. Ni comedia, ni bárbara”. Con Paul Valèry mantiene una intensa discusión al hilo de la lectura de Variété, obra llena de glosas, apostillas y matizaciones. También monodialoga con Pedro Salinas, Luis Cernuda o César Vallejo.

Si son ustedes curiosos y aficionados al mundo de la escritura y su tramoya les animo a pasear por esta página a través de la web del Centro Virtual Cervantes.

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