Opinión

Obama en la ciudad prohibida

Miércoles 18 de noviembre de 2009
Las dos grandes potencias comerciales del mundo, Estados Unidos y China, se respetan. Y se necesitan. Así ha quedado de manifiesto en la gira que Barack Obama está llevando a cabo por Asia, y cuya escala más importante es China. Allí, en la Ciudad Prohibida, Obama se permitía hablar de derechos humanos, libertad de prensa, internet y hasta mentaba la bicha del gobierno chino: el Tibet. Semejante batería de argumentos incómodos deja en muy buen lugar el compromiso de Obama, puesto en entredicho más de una vez por quienes le acusan de ser especialmente complaciente.

Parece que la nueva forma de concebir la política exterior por parte de la administración norteamericana esté dando sus frutos. El discurso de Obama en la universidad de El Cairo acercó al inquilino de la Casa Blanca al Islam como no lo había hecho ninguno de sus inmediatos antecesores. Su estrategia de “guante de seda y puño de hierro” con Irán tampoco le ha ido mal –no han mejorado las relaciones, pero tampoco han empeorado, lo cual es un éxito si al otro lado está alguien de la calaña de Ahmadineyad-. Con Rusia, pese a la mutua desconfianza, parece haberse instalado una cierta sintonía. Y en China ha sido capaz de decir lo que muchos en su puesto no se habrían atrevido. Lo cual demuestra que las buenas formas no están reñidas con la sinceridad. Únicamente se le resisten Chávez y Fidel Castro, quienes no se han cansado de decir lo mucho que les ha decepcionado Obama. Claro que semejantes “quejas” no son sino pruebas irrefutables de que el mandatario norteamericano va por buen camino.

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