José Lasaga | Jueves 28 de febrero de 2008
Los hay de todo tipo. Desde luego los menos interesantes son los que encajan en las definiciones del código penal. Luego están los que, sin delinquir, atraviesan en beneficio propio las líneas de la decencia, la cortesía y el juego limpio. Mentirosos y ventajistas, tramposos de toda laya, son los profesionales del atajo, aquellos que dividen al género humano en dos categorías: los idiotas -también conocidos como tontos útiles, "compañeros de viaje", etc.- y el "uno mismo" supremamente listo.
Pero hay todavía otra especie de impostores, los llamaremos provisionalmente "comediantes de sí mismos" que es bastante numerosa, y la más interesante y discreta. En el lance de aparentar el que no se es ante los demás, asumimos el papel de impostor, aunque sea por un instante. Sí, somos comediantes porque interpretamos ante los demás el papel de un personaje imaginario, aunque no termine de estar clara la razón por la que tendemos a hacerlo.
A esta categoría casi universal de "impostor" a su pesar ha dedicado la escritora francesa Belinda Cannone un interesante ensayo, El sentimiento de impostura (Madrid, Biblioteca Nueva, 2007) en el que pone cerco, y finalmente captura en una delicada red de definiciones y exclusiones, el ciertamente elusivo y resbaladizo sentimiento de impostura. El sentimiento de impostura surge probablemente del hecho de que en nuestras relaciones sociales entre el yo y el otro al que me dirijo con mis expectativas, demandas y ofrecimientos, se interpone siempre una imagen especular de mi propio yo, que refleja aquel que quiero o aspiro a ser. Y entonces nunca estoy seguro de quien comparece en escena, si soy yo o es mi leyenda. La partida se juega dentro y fuera. No termino de saber a quien mira el otro, si a mí o a mi imagen retocada.
Mucho habría que decir acerca del origen histórico de un sentimiento que puede resultar tan doloroso como la vergüenza; pero sospecho que ha crecido con la presión social de los "tiempos modernos". Quizá la búsqueda romántica del yo ideal termina en una galería de espejos que nos multiplica el yo sin necesidad.
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