Martes 24 de noviembre de 2009
España superará la crisis en breve. De hecho, está en el buen camino para hacerlo. Eso es al menos lo que José Luis Rodríguez Zapatero defendía recientemente y, como consumado actor que es, parece asegurarlo con todo convencimiento. Lo que no explicó ante un auditorio estupefacto tanto por la puesta en escena como por las afirmaciones de su líder es cómo se llevará a cabo dicha recuperación y, sobre todo, cuándo. Eso sí, al Presidente se le llenó la boca hablando de economía sostenible -cosa que nadie sabe muy bien qué es, sobre todo porque el Presidente no termina de explicar algo que desconoce por completo- y de diálogo social, aunque quizá en éste último caso debería referirse más bien a claudicación sindical.
Cierto es que uno de los cometidos de todo buen gobernante es el de insuflar ánimo a sus conciudadanos. Máxime si, como ahora, hay una recesión económica de una magnitud preocupante. Pero, por encima de lo anterior, está el inexcusable deber de gobernar, con todo lo que eso conlleva. Para empezar, adoptar decisiones acorde con los problemas que se vayan presentando, por impopulares que sean. Al mismo tiempo, debe escuchar no sólo a la calle, sino también a los que saben de determinadas materias que requieran atención -economía, en este caso-. Y, por supuesto, tiene que mantener una línea coherente, sea cual sea su patrón de actuación, y no moverse a golpe de improvisaciones y sondeos.
Nada de esto se ha producido hasta ahora. El Gobernador del Banco de España ha vuelto a advertir sobre la necesidad de emprender reformas estructurales a la mayor brevedad posible. En el mismo sentido se pronunciaba el presidente del Banco Central Europeo, Jean Claude Trichet, uniéndose así a la ya larga lista de autoridades económicas que claman por un cambio de rumbo en España. Y mientras tanto, el señor Zapatero sigue empeñado en pregonar una recuperación tan falaz como irrealizable si no cambian las cosas. Alguien dentro de su propio partido debería decirle que es hora ya de dejar los discursos huecos y empezar a trabajar de una vez por todas, en lugar de ir de mitin en mitin alabando a los domesticados sindicatos y tachando de agoreros a quienes se limitan a decir la verdad.