Opinión

Larra y el Museo Romántico

Concha D’Olhaberriague | Martes 24 de noviembre de 2009
Leo en la prensa, con alegría, que el Museo Romántico, uno de los más amables de la ciudad de Madrid, vuelve a abrir sus puertas tras varios años de cierre. Más de una vez, durante este lapso, se anunció, en vano, la reapertura. Ahora es inminente, aunque retorna bajo el nombre de Museo Nacional del Romanticismo.

Está bien que su nueva vida comience el año del aniversario del patrón de honor del periodismo, Mariano José de Larra, nacido en 1809. Mi recuerdo de la infancia más hondamente vinculado a este lugar es el escritorio con el pistolón mortífero del poeta. Otro aspecto muy distinto vincula, para mí, la colección a José Ortega y Gasset. Cuando el marqués de la Vega Inclán decidió donarla al patrimonio público, invitó a personas relevantes con el fin de que ponderaran el proyecto. Corría el año de 1921. El filósofo pronunció una conferencia con la propuesta de que el futuro museo se alojara en el antiguo Hospicio de San Fernando, cuya portada barroca de Pedro de Ribera es una de las más representativas del estilo. No fue así. El edificio que desde 1924, fecha de la inauguración, alberga el museo es un sobrio palacete, granate y sólido, de grandes balcones y portón central enmarcado en granito. Dentro encontramos el ambiente de una casa señorial de época isabelina con una singular colección de pintura, mobiliario y objetos decorativos.

Tal vez destaque el San Gregorio Magno de Goya presidiendo el oratorio, obra que delata como pocas el influjo de Velázquez y Murillo. Sin embargo, lo mejor del museo es la sutil conjunción de temas, motivos y ambiente, evocadores todos del aire y el gusto del Romanticismo.

Hay retratos de Federico de Madrazo y unos curiosos cuadritos de Alenza donde se hace una parodia del suicidio romántico; un dibujo apreciable de Gustavo Adolfo Bécquer, nacido en una familia de pintores tales como su hermano Valeriano o su tío Joaquín, también presentes. Para completar el trasfondo histórico tenemos, incluso, a un conspirador carlista.

No sé cómo discurrirá la nueva vida de esta institución. Hagamos votos para que no se convierta en un lugar de afluencia masiva de aturdidos. No cuadra con la atmósfera. Esperemos que los responsables permanezcan ajenos a la guerra de los visitantes y no hagan un guiño a las multitudes de la forma más zafia. El director del Thyssen lo hizo y me he puesto en huelga. No iré a ver la exposición titulada Las lágrimas de Eros.

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