Miércoles 25 de noviembre de 2009
Resulta una obviedad situar la crisis económica como punto principal de la agenda política española. Tampoco son baladíes la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatut de Cataluña, la piratería en el Indico o la próxima presidencia española de la Unión Europea. Asuntos todos de la máxima importancia como para que se pierda el tiempo con cuestiones de otra índole. Eso, al menos, es lo que dictaría el sentido común, pero parece que para el grupo socialista en el Congreso es de aplicación aquella máxima según la cual “el sentido común no es siempre el más común de los sentidos”. Y es que la proposición no de ley que pretende compensar a los descendientes de los moriscos expulsados de España hace cuatro siglos más parece una broma grotesca que una iniciativa política seria. La democracia consiste, por definición, en proponer el futuro, no en rescribir un pasado que los políticos desconocen.
Nada se dice, por supuesto, sobre las contrapartidas que por la misma regla de tres deberían de recibir los judíos cuyos ancestros fueron igualmente obligados a marchar; el doble rasero del PSOE en estas cuestiones no es nuevo en absoluto. Debe de ser que, ante la calamitosa imagen que la política exterior española tiene en el concierto internacional, a alguna mente preclara se le habrá ocurrido que, dado que Zapatero anda de gira por Egipto y Arabia Saudí, qué mejor detalle para sus amigos de la Alianza de Civilizaciones que gastar un dinero que no se tiene con gente cuyas raíces a día de hoy están más que perdidas. Y puestos a perder, la pérdida de tiempo, dinero y energías que semejantes mamarrachadas originan detraen recursos para paliar, en la medida de lo posible, una crisis que cada día asola más a España. Menos moriscos y más empleo. Y, sobre todo, menos hacer el ridículo y un poco más de cordura.
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