Julimar da Silva Bichara | Miércoles 25 de noviembre de 2009
En la semana pasada más de 60 millones de brasileños se quedaron sin energía eléctrica por un fallo en el sistema de transmisión desde la Hidroeléctrica de Itaipú a las zonas más poblabas del sur del país. Este hecho no tendría mayores repercusiones en la prensa española si Rio de Janeiro no hubiese sido elegida ciudad olímpica para 2016. Sin embargo, el hecho más importante, es que pone de manifiesto las debilidades del gigante latinoamericano en materia energética y su excesiva dependencia de los vecinos sudamericanos. Aunque se ha anunciado a lo largo de este año la autonomía energética del país a causa de los yacimientos encontrados en la costa brasileña, esta independencia no se hará efectiva antes de una o dos décadas. Mientras tanto, el país puede sufrir retrasos en su proceso de desarrollo económico por falta de suministros. En la actualidad, Brasil no soportaría unas tasas de crecimiento económico superior al 5 por ciento de forma sostenida, puesto que no tiene capacidad energética instalada para atender a la demanda derivada de un ciclo de crecimiento acelerado como este.
El apagón de la semana pasada también pone de manifiesto las deficiencias de las infraestructuras eléctricas existentes en el país y la necesidad urgente de más inversión. A pesar de la apertura del sector a la inversión extranjera a partir de 1995, con una fuerte participación de Endesa e Iberdrola, que invirtieron más de 5.000 millones de dólares en el país, faltan inversiones y las crisis se suceden. En 2001-2002, por ejemplo, el crecimiento económico brasileño estuvo amenazado por una grave crisis energética provocada por la falta de lluvias, que impidieron a las hidroeléctricas producir toda su capacidad instalada (más del 80% de la energía producida en el país proviene de fuentes hidroeléctricas). La falta de energía alternativa llevó al racionamiento y éste, evidentemente, a la reducción de la actividad económica.
Todo ello lleva a la conclusión de que el país necesita urgentemente incrementar sus inversiones en infraestructura energética para sostener el nivel de crecimiento futuro. Por ello, el gobierno de Lula da Silva ha previsto en el Programa de Aceleración del Crecimiento una inversión de 141.6 mil millones de dólares en infraestructura energética (generación y transmisión de energía eléctrica, petróleo y gas natural y biocombustibles) en el periodo 2008-2012. Los objetivos son: ampliar la producción en 12.386 megavatios, construir 13.826 kilómetros de líneas de transmisión, instalar cuatro nuevas plantas petroquímicas, construir 4.526 kilómetros de gasoductos e instalar 46 plantas de biodiesel. Esto es lo que el gobierno estima que necesita el país para garantizar un crecimiento de 5% promedio en los próximos años.
También se debe destacar otras dos cuestiones que subyacen de la debilidad energética de Brasil. Por un lado, todavía no se ha desarrollado de todo el marco regulador para la participación del capital privado en todas las fases del mercado energético. Los estudios más importantes indican una necesidad de inversiones anuales de alrededor de 5.000 millones de euros en el sector eléctrico para garantizar un suministro acorde con las pretensiones de crecimiento económico sostenido del gobierno de Lula. De este total, se estima que el 50 o 60 por ciento deben tener origen privado, por lo que es imprescindible establecer un marco regulatorio funcional y atractivo al capital privado. En segundo lugar, no se puede obviar la dependencia de Paraguay, por Itaipú, que suministra el 20% de la energía consumida en Brasil, y de Bolivia, países con un historial de inestabilidad política que pueden, en cualquier momento, amenazar el suministro energético al país. Recientemente Brasil tuvo que renegociar y aceptar un incremento del precio en los contratos de suministros con ambos países.
Aunque parece que el riesgo de una nueva crisis energética, como la de 2001, son muy bajos, Brasil necesita incrementar sus esfuerzos para evitar nuevos episodios como el apagón de la semana pasada, y transmitir una idea de fiabilidad y de desarrollo sostenido. Sin embargo, hay que piensa que el apagón puso de manifiesto el talón de Aquiles del gigante sudamericano.
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