Opinión

Pakistán de cerca

Luis de la Corte Ibáñez | Jueves 26 de noviembre de 2009
Al salir del aeropuerto de Lahore para dirigirse al centro urbano el viajero se topa con una metáfora viva del país. Los primeros kilómetros de la carretera carecen de señalización de ninguna clase y los vehículos zigzaguean en ambos sentidos de la marcha, evitándose unos a otros sin temor aparente a rozarse o colisionar, maniobrando a cada instante para salvar el choque. La superpoblada capital de la provincia de Punjab, con sus más de seis millones de habitantes, ofrece a la vista las anchas avenidas de su zona internacional, con sus altos hoteles, sus inmensos edificios públicos convertidos en fortalezas, sus universidades y la hermosa mezquita Badshahi, una de las más grandes y literarias de todo el país. Al igual que sucede en el resto de las principales ciudades de Pakistán, el devenir cotidiano en Lahore se ve entorpecido por intensas medidas de protección que procuran prevenir nuevos atentados como los que los talibán pakistaníes vienen perpetrado desde principios del pasado mes de octubre (de ellos dábamos cuenta en un artículo anterior: “La yihad aprieta: Pakistán”, 2/11/2009).

En Lahore acudimos al College of Arts, donde los hijos de la clase media y alta punjabí y del resto de Pakistán respiran un ambiente de libertad creadora equiparable al de cualquiera de las escuelas de Bellas Artes de cualquier país occidental. Nada que ver con el conservadurismo medieval que impera en otras partes. El College, por supuesto, ha recibido amenazas de los extremistas y está en su punto de mira. Más allá, se esparcen y estiran los barrios más humildes, enrevesados entre miles de tiendas y tenderetes por los que pulula un público variopinto y desarrapado. De regreso al centro, nos entrevistamos con el gobernador de la provincia, Khalid Maqbool. Asegura confiado que lo peor ya ha pasado y que será difícil que Lahore sufra nuevos atentados, dados las muchas detenciones practicadas por la policía. Su optimismo parece exagerado, pero la preocupación del político por proyectar una imagen de normalidad es comprensible. El gobernador también muestra plena confianza en el buen curso de la operación que el ejército desarrolla en Waziristán del Sur y con la que se pretende poner fin al dominio del movimiento talibán pakistaní en aquella región. La operación, nos dice, no sólo es necesaria sino que goza del favor y apoyo de la mayoría de la población, la cual se halla hastiada de tanta violencia. Preguntamos por la política que se está aplicando para prevenir la radicalización de las madrasas (escuelas coránicas) pero sólo obtenemos una respuesta ambivalente: según nos dicen, la mayoría de esas madrasas no entrañan ningún peligro y cumplen un servicio social indispensable para las familias carentes de recursos… Nada se agrega sobre ningún plan para promover una enseñanza pública uniformadora e independiente de los ulemas.

Una y otra vez en nuestras reuniones con periodistas y políticos pakistaníes, al plantear la cuestión afgana sale a la luz el perfil “realista” con que las élites políticas y militares contemplan los acontecimientos desarrollados al otro lado de su frontera noroeste. Se reconoce una cierta cercanía con el presidente Karzai debido a sus muchos años de exilio en Pakistán. No obstante, los pakistaníes no quieren ni oír hablar de un posible envio de tropas a Afganistán. A sus ojos, y olvidando siempre el mandato de la ONU que legitima la intervención iniciada en octubre 2001, la presencia de tropas occidentales en el país vecino sólo puede ser calificada como una ocupación, únicamente digna de una retirada inmediata. “No verán ustedes tropas pakistaníes en Afganistán”, se nos dice abiertamente, como abiertamente se recurre a la cantinela que distingue talibanes malos (los que ponen bombas en Pakistán) de talibanes buenos, es decir, los afganos, a los que se identifica como resistentes. En el fondo, los pakistaníes están convencidos de que la Coalición será incapaz de aguantar la presión a la que le someten los insurgentes y acabarán abandonando Afganistán a su suerte, y más pronto que tarde. Así que ¿para qué posicionarse ahora contra quienes seguramente terminen por recuperar el poder?

Nuestro viaje proseguirá hacia Karachi. Como centro económico y principal puerto marítimo, la populosa Karachi ofrece un semblante menos agresivo que el de otras ciudades pakistaníes. Pese a todo, estamos en la ciudad donde hace siete años los extremistas secuestraron, torturaron y asesinaron al periodista judío Daniel Pearl y las autoridades nos obligan a circular escoltados por dos jeeps atestados de policías y metralletas: somos un blanco en movimiento … Semanas y meses atrás la policía ha logrado detener en esta ciudad a algunos de los talibán huidos del valle de Swat, situado en la provincia Noroccidental, cuando el ejército inició su exitosa ofensiva de abril. Por todo el país circula el rumor de que Karachi es un nido de yihadistas, además de un punto clave en las rutas de narcotráfico que enlazan Pakistán con Irán, Afganistán y Asia Central.

Por último, llegamos a Islamabad, capital de la nación. De nuevo, las medidas de seguridad se multiplican. Resulta imposible recorrer las avenidas donde reside la clase diplomática sin toparse a cada momento con un check point. Los coches arrancan y vuelven a frenar su marcha a la vista de las barreras mientras un soldado se parapeta tras una ametralladora. En la cercana Rawalpindi cenamos con los portavoces del ejército que nos explican los avances en Waziristán del Sur. De nuevo, se nos ofrece una prospectiva confiada. Según los militares la zona va siendo recuperada paso a paso. Nos aportan cifras de insurgentes eliminados y militares caídos en combate, del número de soldados destacados en la zona. Aprovechamos para explorar la posibilidad de acercarnos a las zonas tribales: permiso denegado. Interrogamos de paso por la cantidad de tropas que permanecen destacadas en la frontera con la India: materia confidencial. La paranoia sobre la amenaza india sigue vigente. Fuentes más independientes nos señalan como probado el apoyo del gobierno indio a la guerrilla nacionalista que habita en Baluchistán, la provincia limítrofe con Irán. Pero los militares insisten en que esos apoyos también alcanzan a los talibán. El débil argumento que se presenta como gran evidencia consiste en el reciente hallazgo de un destacamento de armas de facturación india en Waziristán. Pese a ello, se reconoce que la mayoría del armamento requisado en esas zonas tiene facturación rusa (kalashnikov), aunque obviamente nadie infiera de ello la implicación del Kremlin. Las incoherencias no son menos patentes cuando sale el tema de los ataques con aviones no tripulados (drones) contra elementos talibán y de Al Qaida, promovidos por Estados Unidos en Waziristán del Norte. “Los drones generan resentimiento y odio en la población civil, por eso nos oponemos a ello”. El mensaje nos suena. Lo hemos recibido en cada una de las entrevistas oficiales sostenidas a lo largo de todo el viaje, con un par de excepciones. Al día siguiente tratamos una vez más el asunto en Islamabad, en la sede del ISI, los servicios de inteligencia pakistaníes. Después de una minuciosa presentación orientada a demostrar los esfuerzos desplegados para combatir a Al Qaida, los agentes reconocen que, a pesar de su impopularidad incuestionable, los ataques americanos con drones han sido frecuentemente realizados gracias a la inteligencia e información aportada por el ISI. De este modo, la participación de Estados Unidos en la lucha contra los radicales apostados en las áreas tribales se aprovecha doblemente. En lo político, para denunciar la intromisión del malvado Satán americano, cuyas malas acciones permiten explicar todos los males de nuestro tiempo y, por ese camino, hacer olvidar a los pakistaníes las responsabilidades que cabe atribuir a su Estado. En lo operativo, favoreciendo el debilitamiento del enemigo, como cuando este verano un avión estadounidense produjo la muerte del carismático líder talibán Baitullah Meshud.

Volvemos a España en un ambiente de relativa calma con más interrogantes que respuestas. Tres días antes de nuestra marcha se producían los últimos atentados en Peshawar.

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