Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 27 de noviembre de 2009
El 22 de Noviembre se celebró el 119 Aniversario del nacimiento del general francés Charles De Gaulle. La verdad es que Francia, a diferencia de nuestro país, siempre ha tenido su Juana de Arco en los momentos más críticos de la nación. ¡Vaya suerte! Enrique IV, Clemenceau, De Gaulle,…Pero yo creo que De Gaulle no sólo es uno de los grandes hombres de la Historia de Francia, sino uno de los políticos europeos más importantes del siglo XX, quizás junto a Winston Churchill.
Sólo el patriotismo de De Gaulle y su dignidad indesmayable impidieron que el Imperio Británico y los EEUU se repartieran el Imperio Francés durante la IIª Guerra Mundial. Al principio de la Guerra, cuando la Francia Libre apenas era un locutor de radio loco de amor por Francia, se enfrentó a tumba abierta con el Secretario de Estado Cordel Hull a fin de que las islas de Saint-Pierre y Miquelon no fueran anexionadas por los EEUU ni estos izaran su bandera de barras y estrellas sobre aquellas islas. Ordenó al general Catroux que arriase en Líbano la bandera de la Union Jack, y volviese a izar la bandera tricolor “pase lo que pase”. Lo mismo pasó con Nueva Caledonia y su capital Numea: A pesar de la caída de las Filipinas convenció a McArthur con su dignidad “desarmada” de que sólo el mando francés podía dirigir la defensa de aquel territorio francés. Y McArthur aceptó, a pesar de transgredir con ello las directrices de su propio gobierno. Y la batalla del Mar del Coral puso más fáciles las cosas para De Gaulle. Con frecuencia decía a sus camaradas, signados con la cruz de Lorena: “Nuestra grandeza y nuestra fuerza consisten únicamente en la intransigencia en todo lo relativo a los derechos de Francia. Esta intransigencia nos será necesaria hasta el Rin, inclusive”.
Sabedor de que la campaña mundial se decidiría en Rusia, mandó, a fin de hacer a Francia partícipe de los grandes sucesos mundiales, a la URSS una división de soldados franceses para ayudar a Stalin a luchar contra la nueva horda teutónica. De hecho, sólo Francia, de entre todos los países aliados, colaboró con sus hombres para arrojar del suelo ruso al ejército alemán. Convirtió la Francia Libre en la Francia Combatiente, y no permitió que los aliados pisasen el Madagascar de Vichy sin la Administración gaullista gobernando la gran isla. Quien en su día utilizó el NO a De Gaulle para justificar aquí el NO a Franco, fue tremendamente injusto con el gran liberal De Gaulle, el mejor político francés desde Napoleón sin duda alguna. Nuestro Franco, para nuestra desgracia, no tuvo nada que ver con De Gaulle, aunque ambos se respetasen como soldados.
Como gran político, este gran Presidente de la República Francesa fue capaz siempre de prever el futuro. Así, el 25 de noviembre de 1941 llegó a decir lo siguiente en la Universidad de Oxford: “Queridos profesores de jóvenes que están ahora combatiendo por la libertad: Por muy completa que pueda ser un día la victoria de los ejércitos, de las armadas y de las escuadrillas de las naciones democráticas, nada impedirá que la amenaza renazca más temible que nunca, nada garantizará la paz, nada salvará el orden del mundo, si el partido de la libertad, en medio de la evolución impuesta a las sociedades por el mundo mecánico moderno, no logra construir un orden en que la libertad, la seguridad y la dignidad de cada cual sean enaltecidas y garantizadas hasta el punto de parecerle más apetecibles que todas las ventajas ofrecidas por su desaparición. No se nos ofrece ningún otro medio de asegurar, en definitiva, el triunfo del espíritu sobre la materia. Ya que, en última instancia, se trata precisamente de esto, del humanismo de la libertad.”
De Gaulle, a pesar de las zancadillas británicas y el asunto del almirante Muselier, creó un Comité Nacional en el que se encarnó con la mayor dignidad y esplendor la Francia Combatiente, y que pronto se convirtió en el embrión de la nueva República que llegaría con la victoria común sobre los nazis invasores. Toda la dignidad y el valor que quedaban en Francia tenían la vista puesta en De Gaulle en su ya resistencia activa contra los alemanes. La dispersión que la opresión les imponía tendía a imprimir a su insurgencia patriótica un carácter de extrema diversidad, a la que el genio organizador de De Gaulle consiguió transformar en una unidad de resistencia. El objetivo gaullista consistía entonces en el resurgimiento de Francia y la reconstitución de la unidad nacional en la guerra al lado de los aliados, pero sin sacrificar en nada la independencia, la soberanía y las instituciones francesas.
En la orilla izquierda de los Campos Elíseos, cerca ya de la Concordia, el General De Gaulle sigue hoy su marcha esperanzada, resuelta y animosa en defensa de la libertad hacia los ámbitos en donde aparecen las conquistas de los espíritus libres. “Los hombres pasan, Francia continúa”.
TEMAS RELACIONADOS: