Opinión

Hadrones y moriscos

José María Herrera | Sábado 28 de noviembre de 2009
Ya podemos respirar todos tranquilos: el colisionador de hadrones está de nuevo en marcha. Los misteriosos túneles que carcomen la frontera franco-suiza vuelven a ser escenario de incontables colisiones entre partículas empujadas a viajar a la velocidad de la luz para mayor gloria de la raza humana. El espectáculo debe ser digno de verse y los científicos, felices de hacerlo, parecen convencidos de que al fin podrán esclarecer los misterios del universo. Yo, veterano lector de Kant y, por tanto, proclive a considerar el universo menos un objeto que una idea, dudo mucho de que sea así, pero teniendo en cuenta el desorbitado precio de la instalación (seis mil seiscientos millones de euros), espero por el bien de todos que los ilustres sabios que allí trabajan resuelvan enigmas muy grandes.

El acelerador, como ustedes saben, empezó su andadura cojeando. Una torcedura de tornillo, creo. Fue una decepción mayúscula. La máquina que iba a descorrer el velo de la verdad sufrió nada más comenzar a funcionar una avería. Esto es como si un púgil petulante, de esos que anuncia en las entrevistas que aplastará al vigente campeón en el primer asalto, tropieza a las primeras de cambio con sus cordones y cae noqueado. A la mayor parte de nosotros, acostumbrados a bregar con aparatos propensos a romperse, no nos asombró demasiado que una desgracia como aquella ocurriera. La verdad es que un fallo en un entramado tan complejo entra dentro de lo posible. Ni siquiera el hecho de estar registrado en Suiza, célebre por la precisión de sus relojes y la invulnerabilidad de sus cámaras acorazadas, basta para sortear los percances. Eran los científicos quienes al parecer no daban crédito. Están tan seguros de controlar todas las variables que cuando algo sale mal ponen cara de estar viendo algo increíble. Afortunadamente, el resto del mundo no tiene la misma fe en la ciencia que ellos y sabe disculpar estos contratiempos accidentales. Comprendemos las dificultades de su trabajo y, por eso, cuando el director del tinglado, para calmar a los escépticos, dice, como ha dicho, que de volver a surgir un problema sería menor que el del año pasado, lo creemos sólo a medias. Los problemas que se esperan de antemano, o bien no llegan a presentarse, o si lo hacen no son tales problemas, pues conocemos su solución. Otra cosa son los problemas inesperados, los verdaderos problemas, que aparecen como las cornadas de los toros traicioneros, en el momento más insospechado y por donde nadie podía preverlo. ¿Era Torpedo el nombre de aquel personaje del cómic que tenía tanta vida por delante que lo mataron por detrás?

Mientras los científicos se afanan en buscar el principio del mundo, una legión de profetas vaticina que esas investigaciones van a desencadenar su final. El pronóstico, sustentado yo que sé en qué argumentos, es que en el curso del experimento terminará generándose un agujero negro, una especie de bostezo descomunal que nos engullirá a todos de un bocado. No soy la persona más adecuada para explicar qué es un agujero negro, pero por usar una imagen fácil de comprender en los tiempos que corren, piensen ustedes en una mala inversión que se lleva primero lo que arriesgamos en ella y luego todo lo demás. Los científicos dicen que no existe el menor fundamento para sospechar que algo así pueda ocurrir. Yo no pondría el brazo en el fuego por ellos, aunque menos aún por sus detractores: al fin y al cabo, si se produce el fin de los tiempos y un agujero negro nos devora pienso que podría pasar el resto de mi vida sin brazo.

Pero respiren ustedes tranquilos. La ciencia, a cierto nivel, sigue siendo una cosa muy seria. Nadie que no esté extraordinariamente bien capacitado para llevar a cabo sus labores adquiere en dicho orden ninguna responsabilidad. El mundo de la investigación todavía opera al margen de los venerables valores democráticos. Conceptos como los de paridad, discriminación positiva, cuota sindical o representación política podrán imperar en universidades o entidades financieras, pero no en los laboratorios de mayor categoría. Todo llegará, por supuesto, pero de momento las personas seleccionadas para ocuparse de estas labores lo han sido en razón de su inteligencia y sus conocimientos, no de sus ideas, de su compromiso político o del respaldo de cierto electorado. Podemos encontrar entre ellos chiflados sugestionados por la convicción de que de aquí a poco el hombre sofaldará todos los secretos del universo, pero no ideólogos de pacotilla curtidos sólo en el chanchullo y la componenda capaces de creer que la efímera autoridad que les dieron las urnas alcanza no ya para juzgar a la Naturaleza y la Historia, sino también incluso para enmendarlas.

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