Alicia Huerta | Miércoles 02 de diciembre de 2009
Seguramente, muchos han fantaseado alguna vez con la idea de marcharse a vivir a la tranquila y rica Suiza, especialmente aquellos que se han encontrado con la desgracia de tener sobre sus cabezas a un vecino de esos a los que les da por ponerse a jugar a la canicas en mitad de la noche o que desconocen por completo la utilidad de unas zapatillas con suela de goma. En Suiza está prohibido ducharse o poner en marcha la lavadora después de las diez de la noche y si a alguien se le ocurre reír ruidosamente, alterando la paz del vecindario, no duden de que se avisará a la policía para que ataje actividad tan nociva.
Los suizos, sean del cantón que sean, también cuidan mucho su bello paisaje, de montañas nevadas, elegantes lagos y floridos balcones repletos de geranios rojos. En pleno centro de Europa, la Confederación Helvética, además de sus tradicionales fábricas de relojes y de chocolate, siempre ha mantenido un carácter neutral e, incluso, ha servido a lo largo de su historia de frontera y, a la vez, de puente de todas las culturas importantes del continente. Y qué decir de su discreción, sobre todo la bancaria, que ha convertido al país en la sede natural y deseada de cualquier economía poderosa que no quiere que nadie ande hurgando en sus cuentas o en sus cajas de seguridad. Hasta su sistema político parece hecho para que el poder lo tengan, sobre todo, sus ciudadanos, a quienes imaginamos siempre pulcros y exactos como sus relojes. Al presidente se le elige por rotación entre los miembros de un gobierno, que para lo que está es para dar directrices.
Por eso, los suizos son muy aficionados a organizar referéndums, incluso en el caso de que un punto determinado no esté reflejado en un programa político. Y si ya poco o nada nos parecemos los españoles a los suizos, en esto de que el pueblo manifieste expresamente su opinión sobre un asunto concreto, sí que nada tenemos que ver. En España, desde que murió Franco sólo se han celebrado 4 referéndums y una vez que has votado para elegir al partido que quieres que gobierne, luego ya nada puedes hacer para evitar que el mismo apruebe leyes que no estaban en su programa electoral o para exigir que se pongan en marcha otras que propone el partido al que no se votó, pero que, dada la coyuntura, serían las más favorables. En nuestro país, los políticos que gobiernan a los ciudadanos sólo nos quieren un día, el de las elecciones. Pero, cómo siempre, lo más difícil es encontrar un equilibrio.
Después del último referéndum celebrado en Suiza para prohibir la construcción de minaretes en las mezquitas, han saltado todas las alarmas, y el Consejo de Europa afirmaba el día después que la prohibición aprobada despertaba inquietud sobre si los derechos fundamentales protegidos por tratados internacionales deberían ser sometidos a votación popular. Lo cierto es que, en realidad, nadie esperaba que el 57% de la población votara a favor de la prohibición y las encuestas más recientes parecían indicar que el porcentaje que votaría en este sentido sería del 34%. Pero aunque el Parlamento y el Gobierno del país habían rechazado la iniciativa, los votantes alzaron la voz por encima de sus políticos. También algunos medios, entre ellos el Blick, el diario suizo de mayor tirada, que desde el principio defendió la votación, asegurando que la prohibición de los minaretes no rechaza la libertad religiosa y que los inmigrantes tenían que hacer más de un esfuerzo para integrarse en la sociedad suiza. Y aún iba más lejos en su portada del martes, cuyo editorial se titulaba “No deberíamos avergonzarnos” y, entre otras cosas, decía que: “Hemos de dar una respuesta clara a la cuestión de si los musulmanes aceptan nuestro sistema legal sin condiciones”
El resto de Europa sigue sorprendida por los resultados, salvo los partidos de extrema derecha como la Liga Norte italiana que propone incluir una cruz en la bandera patria, y hasta Francia, donde llevan años con una polémica a causa del velo islámico, no ve bien el resultado. Mientras, en el mundo árabe, donde en la mayoría de los países las misas católicas han de celebrarse a escondidas y no hay verdadera democracia, deben estar preguntándose no sólo por el alcance la incomprensible prohibición, sino también por cómo es posible que unos ciudadanos consigan hacer lo contrario de lo que dicen sus propios gobernantes.
TEMAS RELACIONADOS: