Opinión

Violencia física y violencia simbólica contra la mujer

José María Zavala | Jueves 03 de diciembre de 2009
El pasado 25 de noviembre fue el día internacional contra la violencia de género. Concienciar respecto a este tema está, por desgracia, “de moda”. Ya sean instituciones estatales o autonómicas, abundan mensajes tratando de hacer algo contra este fenómeno. Surgen incluso iniciativas privadas, como el compromiso de una marca de patatas naturales en cuyas bolsas de tres kilos explican su apoyo a ciertos proyectos relacionados con el tema.

Es necesario tener cuidado a la hora de abordar este tipo de campañas. Al hacer llamamientos públicos a la intolerancia contra el maltrato en la pareja, es imprescindible además controlar las deficiencias estructurales que permiten dicha situación. Es decir, si al enviar tales mensajes se parte de una actitud paternalista (“pobres mujeres”), cabe la posibilidad de reproducir los esquemas (simbólicos, de poder, de roles) que influyen negativamente en la situación actual. A una mujer no se la debe pegar, y no porque sea una mujer, sino porque es una persona, un ser humano. Quizás parezca una obviedad, pero en la sutileza de esa diferencia radica mi crítica. Si apelamos a la caballerosidad, si valoramos la figura del héroe (masculino) rescatador, si al tiempo que definimos ciertas prohibiciones (“el hombre no debe pegar”) definimos también ciertos deberes (“el marido debe...”, “la mujer debe...”) mantenemos una diferenciación tradicionalista que forma parte del contexto que facilita las situaciones de maltrato.

En este sentido considero inadecuado utilizar el mensaje “cuídala”, tal y como he podido ver de forma explícita en cierto anuncio contra la violencia de género. La ambigüedad de dicho eslogan puede reforzar la concepción tradicional de que una mujer debe estar bajo la protección y el amparo de un hombre. Los cambios sociales y tecnológicos rompen con la lógica de que la figura masculina cubra las funciones antropológicas de sustento e incluso de reproducción. Pero hemos mantenido divisiones de roles anacrónicas que refuerzan relaciones sutiles de poder, esas más difíciles de ver, escondidas entre los resquicios de los derechos formales adquiridos. Es aquí donde aparece la presunción de superioridad intelectual, de mayor habilidad y capacidad para ciertas tareas, y es también donde surgen las fobias a entrar en terrenos supuestamente exclusivos de la femineidad.

Yo he aprendido (o mejor dicho, estoy aprendiendo) a reconocer y a verme participando de forma no deseada en estas relaciones asimétricas de poder. Y la tarea de resocialización no es nada fácil, al igual que sucede con las asimetrías de poder étnicas, generacionales, civilizacionales, de clase, etc.
Esta diferenciación de roles crea un sistema de derechos informales y un contexto de posibilidades de actuación que, por un lado, puede generar en el hombre la idea de que su pareja, en tanto que inferior, es digna de ser maltratada, y por otro, puede llevar a una persona a soportar tales situaciones si socialmente no encuentra una alternativa. De la misma forma, un trabajador explotado soporta lo que tiene y un hijo no emancipado no tiene otra que acatar las normas de su familia. Hay una relación estructural que crea un contexto de posibilidad. El diferencial de fuerza física no explica al cien por cien las situaciones de dominación masculina. El maltrato físico es la forma extrema de humillación, que tiene su origen en una concepción menospreciante del otro.

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