Opinión

El Cossío

José Suárez-Inclán | Viernes 04 de diciembre de 2009
Hay determinantes que determinan más que otros. Por ejemplo, el/la. Artículos a los que tradicionalmente se les otorgaban las credenciales de “determinado” y “singular”. Y, ciertamente, eran doblemente singulares porque en singulares se convertían muchos nombres (sobre todo propios) en cuanto gozaban de su compañía. O más técnicamente, en palabras de lingüista: “desde el punto de vista significativo, estos artículos delimitan lo denotado por el sustantivo y lo identifican o individualizan dentro de una clase. Su valor lo señala o generaliza.”

Los libros que han ostentado el privilegio de ser determinados por los preclaros artículos, de haber transmutado su nombre propio en único, su título en “Título”, su arte en mitología, son escasos y pertenecen al parnaso —popular y culto— de los elegidos. Rebautizados con las aguas de los determinantes, las hazañas de Ruy Díaz de Vivar, la tragicomedia de Calixto y Melibea, o las vidas de Lázaro de Tormes y del hidalgo Don Quixote de la Mancha, mudaron, para gozo de lectores y martirio de estudiantes, en El Mío Cid, La Celestina, El Lazarillo y El Quijote. Así, en otras literaturas y otras épocas, La Biblia, La Ilíada, La Odisea, La Eneida o La Divina Comedia, alteran y realzan su valor en la compañía de tal partícula, esta vez femenina.

También en el mundo de los toros hay una obra transfigurada por el gramatical dedo divino. Se trata de Los toros. Tratado técnico e histórico, una labor enciclopédica encuadernada en pastas de lomo de piel de albero y cartón de celajes taurinos, cuya dirección comenzó el erudito, bibliófilo y escritor José Mª de Cossío y editó Espasa-Calpe. Esta obra monumental, como las plazas de toros, quedó transfigurada para siempre en El Cossío. El voluminoso José Mª, hombre culto, de posibles, excelente fumador de puros, inapelable aficionado e influyente amigo de los 27 escritores de la Generación del Plata, entre los que hubo alguno que vistió de oro, como Villalón o Sánchez Mejías — el manuscrito original del «Llanto» de García Lorca se encontraba en su casa de Tudanca— contrató para la redacción de este tratado, nada más ni nada menos que al joven poeta Miguel Hernández. Recién llegado a Madrid desde sus campos de Orihuela, “esta voz, este acento, este aliento joven de España” como lo calificaría Juan Ramón, hubo de emplearse para subsistir en redactar faenas y vidas de toreros. Aquella voz, aquel acento, aplicó su imaginación y su don poético a las hazañas de Espartero, Reverte y Lagartijo. En la cántabra Tudanca reposaban también los manuscritos autógrafos de El silbo vulnerado y El rayo que no cesa.

La guerra y la cárcel se encargarían de callar para siempre aquella voz, aquel acento, y aquel aliento joven de España. El poeta que escribiera el drama El torero más valiente rodó de cárcel en cárcel. Cada vez que estuvo libre, su corazón de toro lo llevaba en “vendaval sonoro” a visitar a su familia hasta Orihuela; y allí era delatado y denunciado una y otra vez. El próximo año se cumplirán 100 de su nacimiento y en estos días, 70 de su desesperación desde los penales y cárceles de Franco. Mantuvo el republicano poeta oriolano un leal agradecimiento y amistad con Cossío, y el patrón que lo fichara para escribir las biografías de los toreros “habidos y por haber”, bien relacionado con el bando vencedor, intercedió por su amigo el poeta y hasta quiso llevarlo a Tudanca para sortear lo que era un cantado camino de penurias. Según sus propias palabras, fue el artífice de la conmutación de la pena capital por la cadena perpetua: «Lo que nadie sabe es que una noche hube de levantarme a las tres de la madrugada y visitar a [...], porque Miguel Hernández iba a ser fusilado al día siguiente; y logré salvarlo».

De nada sirvió. Miguel, alma y valor de torero, prefirió visitar a su familia en el pueblo y ello le costó la cárcel. Volvió a recurrir a su amigo don José Mª, pero las gestiones realizadas para liberarlo quedan ya en el basurero oscuro de los tiempos. Desde el penal de Ocaña, escribe a sus padres: “En cuanto a esas gestiones apuntadas para obtener la libertad no las hago por razones que os expondré despacio”.

No hubo tiempo. Ni lugar. Una de sus últimas cartas, preso y desesperado, vuelve a implorar a Cossío. Es estremecedora. Y pide trabajo: de pastor, su antigua profesión, que bien conoce. De sus palabras se deduce su deterioro mental y psíquico ¿O está tal vez abriendo una puerta que salve a Cossío de todo compromiso al renunciar a un trabajo intelectual que resultaría inaceptable para el victorioso bando de los sublevados? No lo sabemos; pero el director del tratado de Los toros esta vez calló. El Cossío no consiguió alzar la mano de su amigo:

“Como no me encuentro bien de salud, ya que mi cabeza se resiste a mejorar, no me será posible dedicarme a un trabajo como el que tenía en Espasa-Calpe a su lado. Pienso en su tierra de Tudanca, y estoy dispuesto a trabajar en ella, a pastorear sus vacas, a lo que sea un trabajo normal, con tal de sacar mi familia, numerosa y necesitada, adelante. Si puede enviarme algún anticipo, o como quiera llamarle, por mi futuro trabajo en su tierra, hágalo sin demora, porque el hambre apremia, y me he encontrado a mi familia bastante agotada de salud y recursos”.

El hambre apremia. El hombre acecha —se titulaba su último libro, salvados dos ejemplares milagrosamente de la comisión depuradora que ordenó que se destruyese la edición. Un libro desolador, poemas de la desconfianza, de la decepción ante la ferocidad del hombre. Del hombre en general. Tiempos oscuros, sórdidos. De influencias, amenazas y venganzas.

Visité la casona de Tudanca, un verano hace unos veinte años. Aún conservaba el sabor macizo del indiano del XVIII, Pascual Fernández de Linares. Entre prados e incunables, no pude despejar de mi mente un vago tufo a moho, a rancio, entre tantas marcas de tinta y de boñiga. Desde entonces, cada vez que veo en mis estanterías los lomos alberos de El Cossío siempre me parece que van a desprender un triste olor a piel de vaca.

Nota: Las cartas mencionadas están recogidas en Miguel Hernández, Epistolario, Prólogo de Josefina Manresa, Edición e Introducción de Agustín Sánchez Vidal, Alianza Tres, Madrid, 1986.

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