Opinión

Asedios

Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 05 de diciembre de 2009
El 4 de julio de 1456 el Sultán Mehmet II puso sitio a la ciudad de Nándorfehérvár, que hoy llamamos Belgrado. Caída Constantinopla, los otomanos movilizaron un ejército de 160.000 hombres según las crónicas y de unos 70.000 según las investigaciones más recientes. La verdad es que la cifra tampoco es determinante: Napoleón quiso invadir Rusia siglos más tarde con cien mil y llamaron a su ejército La Grand Armee. El caso es que aquel día ante la ciudad se presentó un montón de gente con ganas de acción. Más allá de las fronteras de Serbia, Hungría y Valaquia estaba la llanura húngara, Europa Central, Viena, el Imperio…

La ciudad la defendía un tipo interesante: Hunyadi Janos o, como diríamos en español, Juan Hunyadi. El tipo tenía claro que no había margen para muchas negociaciones. En aquel tiempo, los ejércitos no repartían alimentos sino mandobles y había poca lírica y menos talante. Como nadie quería terminar como la familia del Megadux Lucas Notaras (algún día les contaré la historia), los cristianos se dispusieron a resistir. El Papa había decidido enviar ayuda ante el avance turco, y mandó un sacerdote: Giovanni Capistrano.

El principio del asedio se lo pueden imaginar ustedes. Los otomanos se lanzaron contra la ciudad con todo lo que tenían –que era mucho- y ante la defensa decidieron sitiarla. Sin embargo, contra todo pronóstico, Belgrado resistió. Aquel húngaro valiente y aquel cura encendido de fe y predicador de la cruzada habían logrado reclutar a unos 20.000 hombres para defender la ciudad, y a medida que pasaban los días la ciudad no caía. Los defensores aguantaban los bombardeos de la artillería otomana y hasta lograron romper por un tiempo parte del cerco e introducir víveres y provisiones en la ciudad. La paciencia del Sultán se agotaba y el día 21 de julio ordenó el asalto final. Los cristianos –sabiendo el destino que esperaba a los vencidos- lucharon arrojando material inflamable sobre los asaltantes, que se vieron envueltos por las llamas. El ejército otomano quedó dividió y los asediados lograron rehacerse y contraatacar. Un serbio llamado Titus Dugovi? logró arrebatar el pendón del sultán a un jenízaro y ambos cayeron por un muro. El Sultán estaba derrotado y su Ejército se retiraba. Al final, el propio Capistrano –que debía de ser un pacifista de cuidado- lideró a las tropas cristianas, que cayeron sobre el campamento otomano. El asedio había fracasado. Por cierto, como los cristianos tampoco tenían talante se imaginarán ustedes el destino de los turcos que fueron capturados.

Es cierto que el propio Hunyadi murió tres semanas después y que las bajas causadas por los combates fueron elevadísimas pero el avance turco sobre Europa Central se detuvo setenta años. Los otomanos volvieron, las guerras siguieron, Belgrado cayó (Viena no) y la Europa de hoy tiene poco que ver con aquella de Hunyadi, el Sultán Mehmet y Capistranus. Sin embargo, hay algunas cosas que no cambian. Defender lo que uno ama cuesta sacrificios. Las guerras se ganan con firmeza, no con cobardías. A veces, sobre todo en momentos de crisis, la vacilación es una forma del error y la duda es tan peligrosa como la imprudencia. En algunas ocasiones, la Historia la deciden –o la marcan- unos pocos tipos en una carga de caballería o una mujer que se pone al frente de una pieza de artillería.

Hoy las democracias afrontan la amenaza del terrorismo yihadista, que se sirve de los Estados fallidos, del tráfico de drogas y de las libertades que Occidente brinda –y que debe conservar- para destruir todo lo que nuestra civilización representa y promueve: la libertad, la razón, el derecho a buscar la felicidad, la democracia, el rechazo de las tiranías… Ya saben: la certeza de saber que quien llama temprano a nuestra casa es el lechero, y no la policía política o religiosa del tirano de turno. Estos valores no son exclusivos de Occidente, pero sí están en sus cimientos y, sin ellos, nuestra civilización sería otra cosa. Desde Turquía a la Australia, a ambos lados del Atlántico y del Mediterráneo, en el interior de Asia y en los desiertos africanos, las democracias están asediadas por un formidable enemigo que reviste muchos rostros: el coche bomba, el terrorista suicida, el propagandista de la yihad, el narcotraficante, el blanqueador de fondos, el teócrata. Desde el Irán nuclear a Al Qaeda en el Magreb Islámico -que nos queda a la vuelta de la esquina- las amenazas que acechan a los demócratas y a los musulmanes moderados exigen sacrificio y esfuerzo. La libertad no es gratis y hoy, en Afganistán, la están defendiendo musulmanes y cristianos; turcos, canadienses, británicos, estadounidenses, neozelandeses… En ese lugar de Asia Central, donde tantos Imperios se han estrellado, las democracias deben dar la batalla por todo aquello en lo que creemos: la libertad, la dignidad, la paz, la justicia; es decir, todas esas cosas que merecen ser defendidas con las armas y con la propia vida.

Por eso, es necesario ampliar el contingente militar en Afganistán y prepararnos para una guerra dura, pero necesaria. Los Estados Unidos van a enviar 30.000 soldados. España también va a ampliar las tropas desplegadas. No me alegra que haya guerra, pero sí me enorgullece que nuestro Ejército –que muchos países quisieran para sí- vaya a estar presente en la defensa de la democracia y de la libertad que aquí disfrutamos. Ojalá nuestros soldados tengan políticos a su altura.
¿No les parece?

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