Ya la pasada temporada del Teatro Real, otra obra del compositor Leos Janacek se erigió como uno de los grandes éxitos de la programación. La exquisita perfección de Katia Kavanova deslumbró a un público al que, con frecuencia, se le acusa de ser demasiado esquivo a las obras del siglo XX. Por Alicia Huerta
Con el estreno este viernes de
Jenufa se confirma que las obras del compositor checo olvidado durante años se han convertido en imprescindibles para los grandes teatros de ópera de todo el mundo por la intensidad de sus dramas con personajes de marcado perfil psicológico y por la indiscutible belleza de su leguaje musical. Y el sonoro silencio que se palpaba entre el público, que conmovido por la profundidad y la tensión del espectáculo parecía haberse olvidado hasta de respirar, es el síntoma claro de que también la presente temporada, una ópera de Janacek se convertirá en dura competidora de los títulos más conocidos y esperados que están por llegar al coliseo madrileño.
Porque Jenufa, en esta nueva producción del Teatro Real, en coproducción con el Teatro alla Scala de Milán, ha convencido hasta al más escéptico y ha enseñado a todos que se trata de una ópera asombrosamente moderna con un ritmo impetuoso, que huye del melodrama para instalarse en el más duro realismo, con una tensión que se mantiene constante a lo largo de toda la obra y escasísimos momentos contemplativos, encargados, precisamente, de proporcionar las melodías más líricas. Y tanto el sobrio pero espectacular montaje volcado fundamentalmente en la interpretación, a cargo de
Stèphane Braunschweig, uno de los creadores escénicos más destacados del panorama musical europeo de la última década, como la dirección musical de
Ivor Bolton al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real, han transmitido, con toda la pasión que merece el compositor checo, el mensaje que encerró en su terrible tragedia de odios, celos, amores mal entendidos y fanatismo, pero también de perdón y de esperanza, en la que la adecuación entre el texto y la música es sencillamente esplendida.
'Jenufa, de Leos Janacek, en el Teatro Real. Javier del Real
Y la apuesta en lo concerniente al reparto tenía que ser igualmente de gran altura. La soprano dramática norteamericana
Deborah Polaski ha sido, por su voz y su interpretación, una Kostelnicka impecable, mostrando todos los registros de este difícil personaje que lleva en su interior el amor, la crueldad y el arrepentimiento y que ha sido muy premiada por los aplausos del público. Como asimismo lo ha sido, incluso en mayor medida, la británica
Amanda Roocroft, con su genial reencarnación de la protagonista creada por el compositor. En cuanto a las voces masculinas, con menos peso en una obra inmersa en un mundo fundamentalmente femenino, el tenor eslovaco
Miroslav Dvrosky y el austriaco
Nikolai Schukoff han dado una réplica de calidad en sus respectivas encarnaciones de Laca, el hombre valiente que aprende a amar de verdad y de Steva, el frívolo galán que huye de su compromiso con la deshonrada Jenufa.
Lo cierto es que, como ocurre con tantas obras exquisitas, Jenufa fue incomprendida en la época en la que el compositor la escribió. Su rechazo por parte del Teatro Nacional de Praga fue, de hecho, un gran disgusto para Janacek, quien tuvo que esperar doce años para que fuera estrenada allí. Pero su sufrimiento cuando recibió la carta de Praga en la que se le anunciaba que “su ópera no era apta para la producción” no se debía sólo a su pasión por la música que componía. En realidad, se trataba de algo incluso más personal. La tragedia rural basada en una obra de Gabriela Preissová fue la tercera ópera de Janacek y trabajó en ella durante diez años, en un periodo tremendamente duro marcado por la pérdida de su hija Olga cuando las fiebres reumáticas crónicas que padecía acabaron por atacar su frágil corazón. A ella dedicó la obra y para ella, en su lecho de muerte, la tocó íntegramente. Por ello, además de tratarse de la obra en la que Janacek elaboró el peculiar y bellísimo lenguaje musical que marcaría el resto de sus óperas y que le convirtió en compositor de talla internacional, Jenufa tuvo un importante significado autobiográfico porque el autor convirtió el sufrimiento de su hija en el sufrimiento de su heroína de ficción.