Cultura

Amaya Arberas: una cantante de ópera en Nueva York

de san sebastián a américa

Domingo 06 de diciembre de 2009
Amaya no era una niña cuando decidió que lo suyo era el mundo del canto. Aunque desde pequeñita la música ha sido su pasión, no fue hasta los 24 años cuando decidió seguir sus instintos y dedicarse en cuerpo y alma a trabajar en su carrera de cantante de ópera. Una vez tomada la decisión, el primer paso estaba claro: Amaya hizo las maletas y se marchó a Nueva York para aprender con los mejores profesores. Allí tuvo que empezar de cero y asumir que lograr su sueño conllevaba muchos sacrificios que, hoy, casi siete años después, han merecido la pena.

Amaya Arberas, donostiarra de pura cepa, nos cuenta todo esto mientras comemos en un restaurante en Arlington, ciudad dormitorio pegada a Washington DC, en la que esta tarde va a dar un recital. Concretamente en la Claredon United Methodist Church, donde cantará El Mesías de Haendel.

Amaya no tiene nada que ver con el prototipo de cantante de ópera que aún existe en el imaginario colectivo. De constitución pequeña y pizpireta, nos recuerda que las mejores cantantes de la historia, como la misma Maria Callas, eran delgadas y que el volumen corporal nada tiene que ver con la calidad de la voz. "Por supuesto", nos explica, "hay óperas que yo no podría cantar. Por ejemplo, Wagner. Yo no doy el tipo de una walkiria", dice entre risas. "El físico te lleva a concentrarte en un tipo de óperas o personajes", afirma, y las suyas son del tipo de L'Elisir d'amore de Gaetano Donizetti, Don Pasquale, también de Donizetti o el personaje de Susana en Las Bodas de Fígaro de Mozart.

Sacrificio y disciplina
La vida de una cantante de ópera profesional está llena de sacrificios, de reglas, hábitos y costumbres que han de respetarse a rajatabla. La voz es una herramienta de trabajo delicada y extremadamente sensible, que hay que cuidar y con el mismo o mayor mimo que al mejor stradivarius. Amaya procura evitar los lugares con aire acondicionado muy fuerte, las bebidas con hielo, tiene prohibido el alcohol y el tabaco.

La dieta también es importante. Antes de cada recital, Amaya tiene que comer fuerte. Carne o pasta y un plátano de postre son su menú ineludible, "para tomar energía" y no desfallecer en el concierto. También ha tenido que asumir rígidas costumbres en lo que se refiere a su vida social y horarios. Por ejemplo, jamás sale por las noches, "dormir es vital para la voz".

"Esto es un problema a la hora de verte con tus amigos, porque quedar para tomar un café durante el día suele ser complicado porque la gente trabaja", dice. "A veces me da pena perderme estas cosas, pero cuando pienso en todo lo que he logrado, me doy cuenta de que merece la pena", reconoce.

Carrera internacional
Y es que ella sola ha conseguido hacerse con un currículo envidiable, que incluye estudios en prestigiosos centros y clases de los mejores profesores, además de, por supuesto, actuaciones internacionales en países como Puerto Rico, Canadá, EEUU o España. Su primera profesora en Nueva York, Dodi Protero, a la que acudió aconsejada por José Ramón Arteta, padre de Ainhoa, su mentor en San Sebastián, le advirtió antes de su primera audición que "ella no estaba allí para perder el tiempo y que si yo no le gustaba, no tenía ningún problema en rechazarme". Afortunadamente, hubo algo que convenció a la inflexible profesora que, si bien la aceptó como discípula, le advirtió de que "debía empezar desde cero".

Aunque desde que decidió marcharse a Nueva York ha vivido con un pie entre la capital del mundo y su San Sebastián natal, Amaya reconoce que lo más duro es la soledad y la lejanía respecto a los suyos, sus familia y amigos. Aunque su familia la apoya al cien por cien y se ha implicado muchísimo en su carrera, "mis padres y mis hermanas siempre me han ayudado cuando lo he necesitado", hay cosas cotidianas, momentos sencillos, aparentemente sin valor especial, que son los que a fin y al cabo construyen el día a día de las relaciones y que, en el caso de Amaya, son los que más se echan de menos.

El amor es otro de los grandes sacrificios que ha tenido que hacer. "Tenía una pareja con la que tuve que cortar porque la relación me robaba demasiado tiempo", nos explica. "Ahora es el momento en el que tengo que centrarme en mi carrera", asevera.

Manías de diva
Ahora mismo, el horizonte de Amaya se presenta lleno de proyectos. Al día siguiente de nuestra entrevista, tiene una reunión en la Embajada española en EEUU, para hablar sobre un posible concierto. En Nueva York va actuar en un tributo a Haendel que se celebrará en el Spanish Institute Queen Sofia y también tiene pendiente un recital en el Instituto Cervantes de Chicago. Eso sin contar varias actuaciones en España. Su próximo objetivo es conseguir entrar en una agencia porque hasta ahora se ha tenido que buscar las audiciones y trabajos ella sola. Una vez logrado esto, le será más fácil conseguir el visado de artista, fundamental para su carrera.

Son las cuatro de la tarde y, aunque faltan tres horas para el concierto, Amaya nos despide inflexible. Antes de cada recital hay un ritual indispensable que debe cumplir. Ejercicios respiratorios, vocales, concentración, pero, sobre todo "que me dejen tranquila". Y este ratito de soledad, además de su amuleto, regalo de una de sus hermanas, "que sirve para alejar los malos pensamientos, los propios y los de los demás", son las dos únicas 'manías' de diva que esta trabajadora, "constante y disciplinada", se permite. Y nosotros, por supuesto, nos retiramos respetuosos. Mucha suerte, Amaya.

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