Opinión

T. Blair, el hombre odiado

José Manuel Cuenca Toribio | Miércoles 09 de diciembre de 2009
Así como cada etapa de la historia de los pueblos y civilizaciones posee sus arquetipos y figuras estelares que suscitan la admiración y entusiasmo de sus coetáneos, tiene también sus personajes diabolizados. Héroes y villanos se codean en cualquier fase del pasado y lo mismo ocurre en la actual. Y a menudo la mejor imagen o fotografía de una sociedad viene dada por sus ídolos y demonios. Unos y otros compendian con singular fuerza y plasticidad los sentimientos e ideas más profundos de los sectores mayoritarios en una colectividad. En ciertos casos, por vía un tanto paradójica, un mismo hombre o mujer sintetizan en su peripecia biográfica las dos caras del aleccionador fenómeno.

En nuestros días, tal acontece con el político inglés de nascencia escocesa, Tony Blair. Huésped de Downing Street a edad llamativamente juvenil (-vino al mundo en 1943-) tras el clamoroso triunfo en las urnas del New Labour Party en mayo de 1997, después de la dilatada hegemonía conservadora liderada por la Dama de Hierro y John Major, su irrupción en la gran escena británica revistió caracteres refulgentes. Salvo Ramsay Macdonald –y ello sólo en algún extremo-, ninguno de sus correligionarios precedentes en la cúspide de la gobernanza del Reino Unido poseyó las dotes de deslumbrante retórica, magnetismo personal, sensibilidad intelectual y percepción de los anhelos e inquietudes de la gente de la calle del Premier laborista que a finales de la centuria pasada se hacía cargo de un pueblo que no había renunciado a su aura imperial. En Europa el electrizante líder fue también recibido con las mejores esperanzas. Desde los años sesenta, el socialismo del Viejo Continente había contado siempre con una figura carismática –en la “década prodigiosa”, Palmer y, sobre todo, Willy Brandt; en la siguiente, Mitterrand; y en los años ochenta, Felipe González- y los fulgores de tales personalidades semejaba, en las postrimerías del siglo XX, que iban a continuarse con la gestión de Blair. Frente al derrumbamiento del totalitarismo soviético y los estragos del fundamentalismo neocapitalista que en la Inglaterra tatcheriana descubriese, según sus ardidos críticos insulares y continentales, su peor cara, la Historia pareció encargar al líder del New Labour encaminar el rumbo de la renovada socialdemocracia por la senda de la “Tercera Vía”, asumida y encarnada por él plenificantemente.

Durante cerca de un lustro, tras una reválida electoral en el 2001, no menos triunfal que su primer paso por las urnas un cuatrienio anterior, y no obstante la creciente desconfianza de las esferas intelectuales socialistas más avanzadas cara al programa del diseñador de la “Tercera Vía”, A. Giddens, la bolsa de la política inglesa y mundial cotizó altamente el quehacer y la persona de T. Blair, nunca deturpados -uno y otra- por la demagogia, pese a las mil tentaciones que experimentasen. El maremoto del 11-S, que tantas cosas arramblase en Occidente y en todo el planeta, se tragó igualmente parte considerable del gran capital de popularidad y ascendiente atesorado por el gobernante británico. No sería, sin embargo, hasta llegado el ecuador de su tercer mandato –record, junto con el de la Dama de Hierro, en el Guinnes de la política inglesa- cuando los efectos retardados de su apoyo resuelto a la Casa Blanca en la guerra de Irak iniciaron, por obra de las esferas mediáticas más influyentes de la opinión interna y externa, una explosión, no por controlada menos destructiva, de la obra y la figura de un Blair nunca abandonado por la dignidad y la consecuencia, aunque sí por la confianza de algunos de los círculos más activos de su partido.

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